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¿Cuántos milenios contemplan las Pirámides y la Esfinge de Gizeh?


¿Cuántos milenios contemplan las Pirámides y la Esfinge de Gizeh?

Se sabe que en el mundo antiguo existieron lo que se llamaron siete maravillas del mundo. Seis de ellas marcaron el pasado de la Humanidad, tales como los jardines colgantes de Babilonia, la tumba de Mausoleo, el templo de Diana, el Coloso de Rodas, la estatua de Júpiter Capitolino y el faro de Alejandría. Pero una de ellas ha sobrevivido para asombro de la Humanidad. Se trata del complejo de las Pirámides y la Esfinge, en Imagen 3Gizeh, Egipto. Especialmente es remarcable la Gran Pirámide, que muchos han sido los que han querido destruir.  A los muchos enigmas referentes a la construcción y al propósito de la Gran Pirámide de Gizeh, se añadieron otros tras su terminación. Todas las teorías basadas en la suposición de que la pirámide era una tumba real muestran deficiencias. Las distintas referencias que aparecen en los escritos de los cronistas clásicos griegos y romanos sobre la Gran Pirámide atestiguan que antiguamente se conocía la entrada de la piedra giratoria, con el pasadizo descendente y con el foso subterráneo. Pero no se sabía nada de todo el sistema superior de pasadizos, galerías y cámaras, dado que el pasadizo ascendente quedó taponado con grandes bloques de granito y una piedra triangular, para que nadie que bajara por el pasadizo descendente llegara a sospechar que existía una entrada a un pasadizo superior. Durante los muchos siglos que siguieron, se llegó a olvidar incluso la ubicación de la entrada original; y cuando, en el 820 d.C, el califa Al Mamun decidió entrar en la pirámide, sus hombres forzaron una entrada a través de un túnel, sin rumbo fijo a través de las piedras. Sólo después de que oyeran caer una piedra en algún lugar dentro de la pirámide fue cuando orientaron el túnel en dirección al sonido, llegando al pasadizo descendente. La piedra que había caído era la piedra triangular que ocultaba la entrada al pasadizo ascendente, con lo que quedaron al descubierto los bloques de granito. Incapaces de mellar los bloques de granito, los hombres de Al Mamun atravesaron la piedra caliza a su alrededor, descubriendo al fin el pasadizo ascendente y las partes internas superiores de la pirámide.
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Como atestiguan los historiadores árabes, Al Mamun y sus hombres lo encontraron todo vacío. Tras limpiar de escombros el pasadizo ascendente, consiguieron llegar hasta el extremo superior del pasadizo. Al salir de este túnel cuadrado, pudieron ponerse de pie, pues habían llegado al enlace del pasadizo ascendente con el pasadizo horizontal y la Gran Galería.  Después, siguieron el pasadizo horizontal, llegando a la cámara abovedada de su extremo, que exploradores posteriores llamarían «Cámara de la Reina». Sorprendentemente estaba vacía, al igual que su enigmática hornacina. Los hombres de Al Mamun volvieron al cruce de pasadizos y treparon por la Gran Galería. Sus surcos, precisamente tallados, pero ahora agujeros y huecos vacíos, les ayudaron a trepar, tarea harto difícil debido a la resbaladiza capa de polvo blanco que cubría el suelo y las rampas de la galería. Treparon hasta el gran escalón que se eleva en el extremo superior de la galería y que se nivela con el suelo de la Antecámara. Al entrar en ésta, se encontraron con que la entrada no estaba bloqueada. Se arrastraron hasta la cámara abovedada, llamada más tarde la «Cámara del Rey», pero también estaba vacía, salvo por un bloque de piedra vaciado, apodado «El Cofre». Pero allí tampoco había nada. Cuando volvieron al cruce de los tres pasadizos, el ascendente, el horizontal y la Gran Galería, los hombres de Al Mamun se percataron de que en el lado occidental había un agujero en el sitio donde la piedra correspondiente de esa rampa había sido hecha pedazos.  Aquel agujero llevaba, través de un corto pasadizo horizontal, a un conducto vertical que los árabes supusieron que era un pozo. Cuando bajaron por este «pozo», se encontraron con que no era más que la parte superior de una larga y sinuosa serie de conductos conectados, de unos 60 metros, que terminaba con un empalme de casi dos metros en el pasadizo descendente, conectando así las cámaras y los pasadizos superiores de la pirámide con los inferiores.  Las evidencias indican que la abertura inferior se bloqueó y se ocultó para todo aquél que bajara por el pasadizo descendente, hasta que los hombres de Al Mamun bajaron por el Pozo y abrieron su fondo.

Las primeras noticias escritas que tenemos sobre la civilización egipcia proceden del historiador griego   Herodoto,   quien   visitó   Egipto   en   torno   al   año   500   a.C,   cuando   ya   se   hallaba   en   plena  decadencia. Aunque muchas de las cosas que escribió se han demostrado ciertas, una gran parte de ellas parecen fantasías. Como   muchos   otros   viajeros   posteriores,   Herodoto   se   maravilló   ante   los   monumentos más   interesantes.   Pero   ni   él,   ni   nadie   después   de   él,   tuvieron   acceso   a   los   responsables   de   su construcción. Así, a lo largo de toda la historia, quienes han visitado Egipto han consignado sus impresiones   según   su   interpretación   personal.   Pero   la   naturaleza   exacta   de   los   conocimientos egipcios, ocultos en los impenetrables jeroglíficos, no podía sino seguir siendo un misterio. Los egiptólogos modernos insisten, con razón, en que hasta que no se descifraron los jeroglíficos no hubo ninguna posibilidad de comprender a Egipto. A finales  del  siglo   XVIII ,  Napoleón invadió  Egipto no sólo  con un ejército  de soldados, sino   también  de   eruditos,   decidido   a   resolver   el   misterio   además   de   construir   un   imperio.   Las descripciones de sus descubrimientos, ilustradas con bellos  dibujos  cuidadosamente realizados, dieron a conocer la civilización egipcia por primera vez al público europeo, y el interés por ésta aumentó con rapidez cuando los eruditos empezaron a aplicar su ingenio a los jeroglíficos. Sin embargo, la clave para descifrarlos no se descubriría hasta 1822, cerca de treinta años después de la campaña de Napoleón. A los doce años de edad, Jean-Francois Champollion estaba convencido de que lograría descifrar los jeroglíficos. Y se propuso dominar todas las lenguas, antiguas y modernas, que él creía que le llevarían a alcanzar su objetivo. La solución se la proporcionó la piedra de Rosetta, una reliquia tolemaica en la que aparecía grabada la misma inscripción en caracteres jeroglíficos, en   demótico, una   especie   de   forma   abreviada   o   vernácula   de   los   jeroglíficos,   y   en   griego. Comparando   el   griego   con   los   jeroglíficos,   Champollion   acabó   por   descubrir   la   respuesta;   o, mejor dicho, una respuesta parcial. Había nacido la egiptología. Antes   del   descubrimiento   de   Champollion,   muchos   estudiosos   habían   partido   del razonable presupuesto de que una civilización capaz  de tales obras debía  de poseer un elevado orden de conocimientos. Algunos de ellos realizaron atinadas observaciones, que posteriormente fueron   olvidadas   o   ignoradas   frente   al   carácter   aparentemente banal e incoherente de los jeroglíficos traducidos. De todos los monumentos de Egipto, las pirámides han provocado siempre el más vivo interés y las teorías más descabelladas. Varias generaciones de egiptólogos han declarado imperturbables que   las   pirámides   se   construyeron   por   los   motivos   más   triviales   y   equivocados,   que   sus dimensiones   y   proporciones   son   accidentales,   y   que   su   enorme   volumen   no   es   más   que   un ejemplo de la egolatría faraónica. Sin embargo, todo eso sigue sin convencer al profano, y todo lo que huele a misterio sigue despertando interés.
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En el verano de 1798 más de treinta mil soldados franceses desembarcaron en Egipto al mando de Napoleón Bonaparte. Su misión oficial era la de liberar al país del Nilo de tres siglos de dominio turco y, de paso, bloquear la navegación libre de los ingleses con sus colonias orientales. Sin embargo, el joven Napoleón hizo algo que ningún otro estratega había hecho jamás: se llevó a más de un centenar de sabios de todas las disciplinas para que estudiaran, consignaran por escrito y copiaran todo cuanto pudieran de aquel país maravilloso. Templos, tumbas, momias, túneles, tesoros fastuosos y pirámides se abrieron a su paso, desvelándoles un mundo nuevo y milenario a la vez. Napoleón encargó al general Kléber ocupar el delta del Nilo y dar protección a la escuadra fondeada en Abukir. Cinco días más tarde el ejército francés marchaba contra el Cairo, no siguiendo el curso del Nilo, donde podía alcanzarles la flotilla enemiga. Pero el desierto egipcio, alejado del Nilo, en el mes de julio es un infierno: «Los hombres creían estar en el fuego del infierno; se morían, enloquecían, no tanto de calor, de hambre y de sed, como de espanto. Hubo deserciones, protestas, actos de franca rebelión casi. Pero bastaba que apareciese Bonaparte para que todo se callase y para que los hombres le siguiesen de nuevo por el infierno abrasado (…)». Los barcos de menor calado remontaron el Nilo dándole cobertura artillera y logística. Al general le urgía conquistar Egipto porque sabía que tarde o temprano irrumpiría la escuadra británica. El camino de El Cairo fue muy duro: además de sufrir los rigores del sol egipcio, el contingente francés fue continuamente hostigado por partidas de mamelucos, la casta guerrera al servicio del Imperio otomano en Egipto. En todos los combates se impusieron los franceses. En el camino se encontró a dos fuerzas de mamelucos a 15 kilómetros de las pirámides, y a sólo 6 de El Cairo. 40.000 mamelucos que les cerraban el paso bajo las órdenes de Murad Bey y su hermano Ibrahim formaban una media luna de 15 kilómetros junto al río, con fuerzas en ambas orillas. Habían establecido su campamento en Embebeh, en el flanco derecho, donde la mitad de la tropa se atrincheró con cuarenta cañones. En el centro y en el flanco izquierdo, cerca de las pirámides, situaron 12.000 y 8.000 jinetes respectivamente. Los mamelucos tenían una poderosa caballería pero, a pesar de ser superiores en número, estaban equipados con una tecnología primitiva, tan sólo tenían espadas y arcos y flechas. Además, sus fuerzas quedaron divididas por el Nilo, con Murad atrincherado en Embabeh e Ibrahim a campo abierto:

Los mamelucos, audaces hijos del desierto, desconocían la disciplina, no creían en los cañones; cada uno de ellos confiaba exclusivamente en sí mismo, en su puñal de Damasco, en su caballo beduino, y en el Profeta — «¡Soldados! ¡Desde lo alto de esas Pirámides, cuarenta siglos os contemplan!», dijo Napoleón. Y dispuso sus cinco divisiones en cinco cuadros, con los cuatro cañones en las esquinas: cinco ciudadelas vivas, erizadas del acero de las bayonetas. Napoleón contaba con 21.000 hombres, agotados por el calor y la sed, divididos en seis divisiones de 3.000 hombres. 15000 eran de caballería y un millar de artillería con una cuarentena de piezas. Las divisiones francesas avanzaron en fila, lejos del alcance de la artillería mameluca, y sobrepasaron el flanco derecho con el objeto de alcanzar el río. Napoleón se dio cuenta de que la única tropa egipcia de cierto valor era la caballería. Él tenía poca caballería a su cargo y era superado en número por el doble o el triple. Se vio pues forzado a ir a la defensiva, y formó su ejército en cuadrados huecos con artillería, caballería y equipajes en el centro de cada uno. Al ver Murad Bey que los franceses pretendían cortar sus líneas mandó cargar. Napoleón, en inferioridad de condiciones, ordenó a sus divisiones formar en cuadros pie a tierra, a modo de fortines humanos. Antes de entablar combate, enardeció a sus hombres con un parlamento que se haría célebre: «Desde lo alto de estas pirámides, cuarenta siglos os contemplan». El 21 de julio de 1798 se desarrolló la que sería conocida como la batalla de las Pirámides. Durante una hora se sucedieron las cargas de los mamelucos. Sin embargo, la mayor experiencia y potencia de fuego francesa los diezmó. Los mamelucos eran magníficos jinetes, pero iban armados con espingardas, alfanjes, flechas y lanzas, frente a los mosquetones y cañones franceses. Ibrahim intentó reordenar a los escuadrones que se retiraban caóticamente para lanzar un nuevo ataque cuando el general Desaix cargó, provocando la desbandada de los mamelucos. Murad huyó con 3.000 hombres hacia Gizeh y el Alto Egipto; Ibrahim hizo otro tanto hacia Siria con 1.200; el resto, nómadas en su mayoría, se dispersaron por el desierto. Tras la batalla, Francia obtuvo El Cairo y el bajo Egipto. Después de oír las noticias de la derrota de su legendaria caballería, el ejército mameluco de El Cairo se dispersó a Siria para reorganizarse. La batalla también puso fin a 700 años de mandato mameluco en Egipto. De las 300 bajas francesas, sólo 40 eran muertos. Las de los mamelucos fueron de 5.000 entre muertos, heridos y prisioneros. Bonaparte tenía abierto el camino hacia El Cair y se instaló en el palacio de Muhamad Bey. Se cuenta que Napoleón Bonaparte pasó una noche, la del 12 al 13 de agosto de 1799, en el interior de la Gran Pirámide. Pero jamás quiso contar a sus hombres por qué salió pálido y asustado de su interior.
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Los descubrimientos de los árabes de Al Mamun y las posteriores investigaciones han levantado un montón de interrogantes, tales como por qué razón, cuándo y quiénes taponaron el pasadizo ascendente. Asimismo, sobre las razones, cuándo y quiénes crearon el sinuoso pozo a través de la pirámide y de su lecho de roca. La primera teoría explicaba los dos misterios con una sola respuesta. Manteniendo la idea de que la pirámide se construyó como tumba del faraón Keops, esta teoría sugería que, después de que su cuerpo momificado fuera situado en el «Cofre» de la «Cámara del Rey», los obreros hicieron deslizarse los tres grandes bloques de granito desde la Gran Galería por la pendiente del pasadizo ascendente, con el fin de sellar la tumba. De este modo, los obreros habrían quedado atrapados con vida en la Gran Galería. Pero, sin saberlo los sacerdotes, los obreros habían quitado la última piedra de la rampa y habían excavado el Pozo, abriéndose camino hasta el pasadizo descendente, para salir después por la puerta de la pirámide, salvando así la vida. Pero esta teoría no soporta el más mínimo análisis crítico. El Pozo está compuesto por siete segmentos diferentes. Dejando aparte los segmentos horizontales de enlace, el Pozo de verdad, a pesar de sus cambios de rumbo, cuando se contempla desde un plano norte-sur, se encuentra precisamente en un plano este-oeste paralelo al plano de pasadizos y cámaras de la pirámide. La distancia de separación, de alrededor de 1,80 metros, queda cubierta por un segmento en la parte superior, y por otro en la inferior.  Mientras que los tres segmentos superiores del Pozo atraviesan unos 18 metros de mampostería de la pirámide, los segmentos inferiores atraviesan alrededor de 45 metros de roca sólida. Los escasos obreros que, según la teoría mencionada, hubieran quedado dentro de la pirámide para deslizar los tapones de granito no hubieran podido atravesar toda esa roca. Por otra parte, si la excavación se hizo desde arriba, cómo es que no se encuentran los escombros, que sólo podían llevar hacia arriba a medida que profundizaban en la Pirámide. Con un Pozo de 70 centímetros de abertura media en la mayoría de sus segmentos, se habrían amontonado más de 28 metros cúbicos de escombros en los pasadizos y en las cámaras superiores. A la vista de hechos tan poco probables, se propusieron nuevas teorías, basadas en la suposición de que el Pozo fuera excavado de abajo a arriba, sacando así los escombros de la pirámide a través del pasadizo descendente. Se especuló que cuando el faraón estaba siendo enterrado, un terremoto sacudió la pirámide, soltando prematuramente los tapones de granito. Como consecuencia de ello, los que quedaron atrapados con vida no fueron unos simples obreros, sino miembros de la familia real y sumos sacerdotes. Con los planos de la pirámide aún disponibles, los equipos de rescate hicieron un túnel hacia arriba, alcanzando la Gran Galería y salvando así a los dignatarios.
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Esta teoría, así como la ya descartada de los ladrones de tumbas que se pudieran abrir paso así al interior de la pirámide, falla, entre otros aspectos, porque exceptuando dos segmentos de estructura tosca, el resto de segmentos son rectos y precisos, de fino acabado y de ángulos uniformes en toda su longitud. Un equipo de rescate o unos ladrones de tumbas no hubieran perdido el tiempo en hacer un trabajo tan perfecto y preciso.  A medida que aumentaban las evidencias de que ningún faraón había sido enterrado nunca en la Gran Pirámide, una nueva teoría iba ganando adeptos, la de que el Pozo se había hecho para permitir el examen de unas fisuras que habían aparecido en la roca como consecuencia de un terremoto. Los más elocuentes defensores de esta teoría fueron los hermanos John y Morton Edgar (The Great Pyramid Passages and Chambers), que, motivados por el celo religioso que veía en la pirámide la expresión pétrea de las profecías bíblicas, visitaron, limpiaron, examinaron, midieron y fotografiaron todos los rincones conocidos de la pirámide. En sus conclusiones, demostraron que el corto pasadizo superior horizontal del Pozo, así como la más elevada de las secciones verticales, formaban parte de la construcción original de la pirámide. También descubrieron que la sección vertical inferior se había construido cuidadosamente con bloques de obra a su paso por una cavidad, apodada La Gruta, en el lecho de roca. Esto sólo se pudo construir cuando la roca aún estaba al aire libre, antes de que se cubriera la Gruta con los bloques de piedra de la pirámide. Es decir, también esta sección debía de ser parte primitiva de la construcción original de la pirámide. Los hermanos Edgar teorizaron que, cuando se estaba construyendo la pirámide, ya por encima de su base, un potente terremoto creó fisuras en el lecho rocoso en varios puntos. Con la necesidad de conocer el alcance de los daños para determinar si se podría seguir construyendo la pirámide sobre el agrietado lecho rocoso, los constructores perforaron la roca con el fin de inspeccionar en niveles profundos. Tras constatar que el daño no era grave, se prosiguió con la construcción de la pirámide. Pero, para permitir la realización de inspecciones periódicas, se hizo un corto pasadizo (1,80 metros), junto al pasadizo descendente F, para poder realizar la inspección entrando desde abajo.  Pero, aunque las teorías de los Edgar  fueron aceptadas por todos los piramidólogos, así como por algunos egiptólogos, aún están lejos de resolver los enigmas.
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La Gran Pirámide es una de las construcciones más grandiosas e impresionantes que se conocen. Mide ciento cuarenta y siete metros de altura y está formada por más de dos millones y medio de bloques de piedra. Y lo que es aún más importante, la gran cantidad de secretos que todavía se mantienen intactos bajo sus castigadas piedras. La Gran Pirámide de Gizeh es un inmenso enigma a la vista de todos, del que se han escrito miles de libros y que se resiste a contarnos quién la construyó, cuándo y para qué. No hay datos verificables que nos indiquen claramente quién fue su arquitecto y su promotor. Las únicas aparentes pruebas que existen para la Arqueología oficial son las que aportó el viajero e historiador griego Herodoto. El historiador heleno reflejó en sus textos que el faraón que la había construido fue Keops. Sin embargo, su testimonio no coincide con ningún otro de los aportados por el resto de cronistas e historiadores antiguos. Para el erudito árabe Makrazi es al desconocido rey Surid al que habría que atribuirle la construcción de la Gran Pirámide. Existe un manuscrito del literato copto Abu’l Hassan Ma’sudi, donde puede leerse lo siguiente: “Surid, rey de Egipto antes del gran diluvio, hizo construir dos pirámides. En la más grande se consignaron los datos relativos a las esferas y cuerpos celestes como las estrellas y planetas, sus posiciones y ciclos, y asimismo quedaron representados los fundamentos de las matemáticas y la geometría, a fin de que todas estas cosas se conservaran y perpetuaran para los descendientes que pudieran leer los signos“. Más tarde añadió: “En la pirámide de Oriente (la Grande) fueron grabadas las esferas celestes y las figuras que representan las estrellas y los planetas. El faraón también hizo grabar las posiciones de las estrellas y sus ciclos, así como la historia crónica de los tiempos pasados y los futuros, y todos los acontecimientos futuros que tendrían lugar en Egipto. Los coptos son los descendientes directos de los antiguos egipcios, y sus tradiciones son merecedoras de que se les preste atención“. Pero Abu’l Hassan Ma’sudi no es el único en sostener que las pirámides fueron edificadas antes del gran diluvio. Herodoto, aunque reflejó que el faraón Keops fue el constructor,  afirma que los sacerdotes de Tebas se habían asegurado que la función de su pontífice supremo venía transmitiéndose de padres a hijos desde hacía 11.340 años. A la vez que los sacerdotes hacían esta declaración a  Herodoto, le mostraron 341 estatuas de dimensiones colosales, cada una de las cuales representaba a una generación de sumos pontífices. Sus anfitriones le aseveraron además que, anteriormente a esas 341 generaciones, los dioses habían vivido entre los hombres y que luego ningún dios apareció ya más con figura humana. De hecho, hasta hoy no se ha podido determinar de modo irrefutable cuál fue el momento exacto de la construcción de las pirámides.

Otros antiguos historiadores, como Abd al Latif, comentan que incluso en la fachada de la Gran Pirámide se podía apreciar la marca que las aguas del diluvio habían dejado. Algo que nos puede parecer increíble, salvo por las pruebas geológicas realizadas recientemente en la Esfinge de Gizeh, que pondrían de relieve una mayor antigüedad en algunas de las construcciones egipcias. Pero si su origen y su verdadera edad son un enigma, no lo es menos su posible función. A todos los viajeros y turistas que llegan hasta la zona se les explica detalladamente que la gran mole que tienen ante sí es una tumba real. Sin embargo, esta afirmación, por lo indicado anteriormente, parece poco probable. Al Mamun se fue de allí con las manos vacías, aunque sí aportó un dato clarificador para la Historia. Aquel monumento podía ser cualquier cosa menos una tumba. El ajuar funerario de un faraón de gran categoría estaba compuesto por miles de objetos, gran cantidad de oro, de joyas preciosas, etc. Y el problema no fue que el califa Al Mamun, siendo el primero en entrar, no encontrara el fabuloso tesoro, sino que no encontró ni tan siquiera los restos del posible saqueo. Este desconcertante dato, aunque sorprendente, puede hacerse extensible al resto de pirámides egipcias, pues en ninguna de ellas se ha encontrado jamás ninguna momia. Cuando, en 1951, el arqueólogo Zacarías Goneim rompió ante varios testigos los intactos sellos de la pirámide de Sekhemjet, estaba convencido de que en su interior había un gran tesoro. Pero, al igual que le ocurrió al califa siglos atrás, sólo halló polvo y oscuridad. Por todo ello sigue siendo una incógnita la función del enigmático monumento y la del resto de obras egipcias similares. En el siglo V d.C., el filósofo Proclo afirmó que el gigantesco monumento era un observatorio astronómico. Una de las curiosidades que se pueden observar en la Gran Pirámide es que, sobre sus paredes, y a pesar del deterioro, se marcan los equinoccios. Parece claro que la Gran Pirámide está condenada a que sobre ella se originen discusiones que no llevan a nada. Y, mientras los científicos, los eruditos y los arqueólogos de medio mundo debaten para ver si arrojan luz sobre alguno de sus múltiples enigmas, ella sigue ahí, impasible, sabedora de que sus verdaderos secretos están todavía por descubrir.
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Al mirar atrás, resulta imposible no admirar los grandes esfuerzos de los egiptólogos, con sus   concienzudas   excavaciones,   la   reconstrucción   de   las   ruinas,   la   recogida,   filtrado   y clasificación de datos, la gigantesca labor de descifrar los jeroglíficos y la escrupulosa atención a  los   detalles   en   todos   los   campos   y   en   todos   los   niveles.   Pero,   al   mismo   tiempo,   resulta   difícil comprender  el   modo   en   que   aquellos   eruditos   llegaron   a   muchas   de   sus   conclusiones,   dada   la naturaleza del material del que disponían. Una afirmación realizada por Ludwig Borchardt, uno de   los   egiptólogos   más  prolíficos,   describe   muy   bien   la   situación   en   una   sola frase.   En   1922,   tras   haber   demostrado   que   las   pirámides   de   Egipto   estaban   orientadas   a   los puntos   cardinales,   y   situadas   y   niveladas   con   una   precisión   que   hoy   no   se   podría   superar, Borchardt   llegaba   a   la   conclusión   de   que,   en   la   época   de   la   construcción   de   las   pirámides,   la ciencia egipcia estaba aún en su infancia. La extensa obra de Schwaller de Lubicz,  Le Temple de l’Homme,  se publicó en 1957. Aunque a primera vista parece presentar un panorama de Egipto en total desacuerdo con el propuesto por los egiptólogos académicos, un examen más detallado muestra que, en ciertos casos, su trabajo había  sido prefigurado por los descubrimientos de sus predecesores, ya  que, con frecuencia, se ha dejado  que los buenos trabajos languidecieran, mientras que otras  teorías,  menos acertadas, adquirían   preeminencia.   En   otros   casos,   las   últimas   dos   décadas   de   la   egiptología   han corroborado   las   teorías   de   Schwaller   de   Lubicz   en   diversos   detalles   significativos   en   muchos ámbitos. Por   otra   parte,   conforme   se   avanza   en   los   diversos   ámbitos   de   la   ciencia moderna,   en   antropología,   arqueología,   lingüística   y   muchas   otras   disciplinas,   salen   a   la   luz nuevos hechos y se formulan nuevas teorías que, directa o indirectamente, se relacionan con la descripción simbolista de Egipto.

Nuestros   antepasados empezaron  a   usar   ayudas   mnemotécnicas para anotar los movimientos del sol y de la luna hace,  como   mínimo, 35.000 años. En   el   decenio   de   1960,   un   investigador   del   museo   Peabody de Historia Natural de la Universidad Yale, en USA,   llamado Alexander Marshack, se encontraba estudiando la historia de la civilización y se   sentía   preocupado   por   lo   que   él   llamó   «una   serie   de  súbitamentes».   La ciencia había empezado «súbitamente» con los griegos; las matemáticas y la astronomía   habían   aparecido   «súbitamente»   entre   los   egipcios,   los mesopotámicos   y   los   chinos;   la   civilización   misma   había   empezado «súbitamente» en la Media Luna de las tierras fértiles del Oriente Medio. En   resumen,   preocupaba   a   Marshack   la   misma   pregunta   que   había preocupado   a   Schwaller   de   Lubicz   y   a   John   Anthony   West.   Y   al   igual   que Schwaller   y   West,   Marshack   decidió   que   estas   cosas   no   habían   aparecido «súbitamente», sino que eran fruto de miles de años de preparación. René A. Schwaller de Lubicz (1887 – 1961), nació en Alsacia y Lorena, y es reconocido por sus estudios sobre el arte arquitectónico egipcio y el libro donde expuso sus investigaciones: la filosofía, espiritualidad, matemáticas y ciencia. Su trasfondo cultural es alquímico inspirado en Paracelso y diferentes grupos de estudioso de la naturaleza. Estudió la arquitectura del arte egipcio como fondo de conciencia innato, que establece paralelismos entre la ciencia moderna y la antigua. Schwaller de Lubicz llegó a radicarse en Egipto en 1938 y durante los siguientes 15 años estudió el simbolismo de los templos, en particular el de Luxor, encontrando lo que consideró pruebas de que los antiguos egipcios fueron el último ejemplo de sinarquía porque fueron gobernados por un grupo de iniciados de elite. John Anthony West escribió una estupenda obra, titulada “La Serpiente Celeste” (Serpent in the Sky). En la elaboración y fundamentación de este libro, West se basa en la monumental obra del erudito alsaciano René A. Schwaller de Lubicz (1891-1962), cuya vastedad de estudios no han sido aún aquilatados en su totalidad.
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En la época de Schwaller de Lubicz se habían producido numerosos debates en torno a la cuestión de si  las proporciones de la  Gran Pirámide eran deliberadas  o meramente  fortuitas. La relación de la altura de la pirámide con el perímetro de su base equivale exactamente al valor pi.   Al mismo tiempo, pi se relaciona con otro número más interesante: el  irracional  fi,  denominado también «sección  áurea». Se había  observado, y los  egiptólogos  habían ignorado,  que no sólo la Gran Pirámide, sino también las demás, utilizaban diferentes  razones fi en su construcción. Así,   Schwaller   de   Lubicz   se   propuso   descubrir   si   el   templo   de   Luxor   incorporaba también,   o   no,   razones   fi.   Si   esto   se   podía   probar   más   allá   de   toda   duda,   corroboraría   lo   que afirmaban aquellas antiguas y fragmentarias fuentes, y obligaría a reconsiderar el alcance de los conocimientos   de   los   antiguos.   Si   se   pudiera   demostrar   que   los   egipcios   poseían   unos conocimientos   matemáticos   y   científicos   avanzados,   esto   no   sólo   probaría   que   el   famoso   florecimiento   intelectual   de   los   griegos   no   era   sino   una   sombra pálida   y   degenerada   de   lo   que   había   sido;   asimismo,   ayudaría   a   consolidar   la   leyenda, persistente a lo largo de toda la historia y común a los pueblos de todo el mundo, de que en el  lejano pasado anterior a Egipto existieron grandes civilizaciones. Al contemplar el templo de Luxor como un Partenón egipcio, Schwaller de Lubicz veía algo más que una materialización de la armonía y la proporción en sí mismos. En la arquitectura sagrada   del   pasado   la   estética   desempeñaba   un   papel   secundario.  Así,   el   Partenón   griego   se construyó en honor a la diosa virgen Atenea. Parthénos  significa «virgen» en griego. El   simbolismo   de   la   virgen   es   muy   amplio   y   extremadamente   complejo,   y   actúa   en diversos   niveles.   Pero   su   significado   metafísico   fundamental   es   el   del universo creado de la nada, del vacío. Schwaller   de   Lubicz   estaba   convencido   de   que,   por   mucho   que   se   hubieran distorsionado y difuminado las enseñanzas de Pitágoras, en su forma pura contenían la clave de este misterio último. También estaba convencido de que las civilizaciones antiguas poseían este conocimiento, que transmitieron en forma de mito, lo que explicaba  las llamativas semejanzas de los mitos de todo el mundo, en culturas completamente aisladas unas de otras en el espacio y  en el tiempo. Un aspecto fundamental de todos estos temas interrelacionados entre sí era ese curioso irracional:   fi,   la   sección   áurea.   Schwaller   de   Lubicz   creía   que,   si   el   antiguo   Egipto   poseía   el conocimiento  de  las  causas  últimas,  dicho  conocimiento  estaría  inscrito   en   sus  templos, no   en textos explícitos, sino en la armonía, la proporción, el mito y el símbolo.
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El   primer   paso   de   Schwaller   de   Lubicz   hacia   la   recuperación   de   este   supuesto conocimiento   perdido,   fue   un   estudio   de   las   dimensiones   y   proporciones   del   templo   de   Luxor, con   el   fin   de   descubrir   si   éste   revelaba   un   uso   significativo   y   deliberado   de   las   medidas.  Así, Schwaller de Lubicz emprendió la búsqueda de fi. Pronto se hizo evidente que su intuición era acertada. Pero la sutileza y el refinamiento con los que se empleaban la medida y la proporción requirieron un refinamiento paralelo de las técnicas empleadas por Schwaller de Lubicz y su equipo. Al final, la tarea necesitó quince años de trabajo en Luxor. En   todos   los   ámbitos   del   conocimiento   egipcio   los   principios   subyacentes   se mantuvieron   en   secreto,   pero   se   manifestaron   en   las   obras.   Cuando   dichos   conocimientos   se escribieron   en   libros,  guardados    en   bibliotecas   sagradas,   cuyos   contenidos   no   se   han hallado jamás. Dichos libros se dirigieron sólo a aquellos que hubieran merecido el derecho a consultarlos. Así, en lo que se refiere a la escritura, no tenemos más  que unos cuantos papiros matemáticos   dirigidos   a   estudiantes   y,   aparentemente,   de   carácter   puramente   práctico   y mundano, que aluden a problemas de distribución de pan y de cerveza entre un determinado número de   personas,   y   cosas   así.   Pero   Schwaller   de   Lubicz demuestra que estos ejercicios escolares se derivan necesariamente de unos conocimientos matemáticos teóricos elevados y exactos. En   astronomía   no   tenemos   textos,   sino   un   calendario,   maravillosamente   preciso,   que indica, más allá de toda duda, que los egipcios poseían una astronomía avanzada. Tampoco hay textos de geografía y geodesia, pero el trabajo de un gran número de eruditos ha mostrado que el emplazamiento   y   las   dimensiones   de   la   Gran   Pirámide,   así   como   los   de   las   tumbas   y monumentos   que  supuestamente  se   remontan   a   la   I   dinastía,   además   de   la   totalidad   del   complejo   sistema  egipcio de pesas y medidas, no habrían sido posibles sin la posesión de un conocimiento preciso de   la   circunferencia   de   la   Tierra,   del   achatamiento   de   los   polos   y   de   muchos   otros   detalles geográficos. En medicina nos encontramos de nuevo con el problema de la escasez de textos, y este problema se complica aún más por las dificultades técnicas de su traducción. Pero los textos de los que disponemos aluden a un corpus de conocimientos no escritos, mientras que, si se analizan   con   detalle,   los   que   sí   se   han   consignado   por   escrito   divulgan   un   profundo conocimiento de la anatomía, la patología y la diagnosis.
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Tampoco hay textos relativos a las técnicas arquitectónicas.   Los   murales   egipcios   están   plagados   de   representaciones   de   diversas ocupaciones.   Podemos   ver   carpinteros,   alfareros, bastoneros,   pescadores,   constructores   de   barcos,   maestros   cerveceros…,   es   decir,   todos   los oficios   comúnmente   asociados   a   una   cultura   artesana   desarrollada.   Pero   en   ningún   lugar   de Egipto aparece una escena en la que se represente a un arquitecto trabajando. No hay nada que indique   cómo   se   planearon,   diseñaron   o   ejecutaron   los   prodigiosos   monumentos   de   Egipto. Algunos   planos   fragmentarios,   cuidadosamente   dibujados   en   papiros   montados   sobre cuadrículas, demuestran que dichos  planos  existieron, pero no hay ni una palabra  sobre  los  conocimientos  subyacentes a dichos planos.  La habilidad técnica   de   los   egipcios   ha   resultado   siempre   evidente.   Hoy   también   lo   es   que   ésta   llevaba aparejada un profundo  conocimiento de la  armonía,  la proporción, la  geometría y el diseño.  Y está   claro   que   todos   estos   conocimientos,   técnicos   y   teóricos,   eran   secretos   y   sagrados,   y   que  dichos secretos se conservaron. El trabajo   de   Schwaller   de   Lubicz   consiste   en   extraer   de   las   obras   de   arte   y   de   arquitectura   los profundos  conocimientos  matemáticos  y  armónicos  responsables  del  diseño  de dichas  obras,  y en   sondear,   bajo   la   confusa   y   compleja   apariencia   de   los   jeroglíficos,   la   mitología   y   el simbolismo,   la   sencilla   realidad   metafísica   de   la   que   surgió   toda   esta   complejidad, aparentemente arbitraria pero, en realidad, consistente y coherente. Los orígenes de la antigua civilización egipcia constituyen un misterio. Aunque los egiptólogos ignoran la descripción que hace Schwaller de Lubicz de un sorprendente sistema de conocimientos, interrelacionados y completos, coinciden en que los rasgos más sobresalientes del antiguo Egipto estaban ya completos en la I dinastía, o alcanzaron su plenitud con asombrosa rapidez entre la I y la III dinastías, un período que se supone que duró sólo unos siglos. Los egiptólogos postulan un período de desarrollo indeterminado antes de la I dinastía. Pero esta suposición no viene sustentada por ninguna evidencia, ya que,  de hecho, las evidencias parecen contradecir esta suposición. La civilización egipcia hace que la suposición de un breve período de desarrollo resulte insatisfactoria. El florecimiento de Grecia, dos mil años después, resulta insignificante al lado de una civilización que, partiendo supuestamente de una tosca base neolítica, produjo en algunos siglos un sistema completo de jeroglíficos, el más sofisticado sistema de calendarios jamás desarrollado, unas matemáticas eficaces, una refinada medicina, un dominio total de toda la gama de artes y oficios, y la capacidad de construir las mayores y más logradas edificaciones de piedra jamás construidas por el hombre. El asombro de los modernos egiptólogos difícilmente hace justicia a la magnitud real del misterio.

Las matemáticas egipcias podrían datar del Imperio Antiguo. El Imperio Antiguo de Egipto, también llamado Reino Antiguo, es el período de la historia del Antiguo Egipto comprendido entre c. 2700 y 2200 a. C. Lo integran las dinastías III, IV, V y VI. El Imperio Antiguo forjó y consolidó el sistema político, cultural y religioso surgido durante el periodo protodinástico, con la aparición de una monarquía cuyos rasgos más notables son la divinización absoluta del faraón (los egipcios creían que el faraón aseguraba las inundaciones anuales del Nilo que eran necesarias para sus cosechas) y un poder político fuertemente centralizado. Esta época surge marcada por la influencia del faraón Dyeser (Zoser), quien traslada la capital a Menfis y extiende el Imperio egipcio desde Nubia al Sinaí. Aunque más importante que Dyeser fue su visir Imhotep, el arquitecto diseñador de la pirámide escalonada de Saqqara, sumo sacerdote de Ptah, divinizado en la época ptolemaica. También las grandes pirámides de Gizeh (o Guiza), atribuidas a los faraones Keops, Kefrén y Micerino se datan en este periodo. Tras el largo reinado del faraón Pepy II (94 años), y ante la debilidad del poder real, los nomarcas (gobernadores de los nomos) se hacen fuertes, y convierten sus cargos en hereditarios. Entonces Egipto pasó a un período histórico en el cual se descentralizó fuertemente el sistema político, siendo denominado por los historiadores primer período intermedio. Hay una tendencia muy clara entre los egiptólogos a considerar el Imperio Antiguo como la época dorada del conocimiento y la sabiduría egipcios. No cabe duda de que algunos de los papiros literarios tienen sus raíces en esa época, como, por ejemplo, los proverbios de Ptahhotep. Y la arcaica construcción de los papiros médicos permite suponer que la ciencia de la medicina, tal como era, tuviera su fuente en el Imperio Antiguo.  A comienzos de la I dinastía el sistema de notación estaba completo hasta el signo que representaba 1 millón. En la IV dinastía las medidas de tierra se hallaban ya en pleno desarrollo. No parece haber ninguna evidencia tan antigua en lo relativo a las medidas de capacidad. La escritura jeroglífica aparece a comienzos de la I dinastía. Casi desde su nacimiento da la sensación de estar plenamente desarrollada, ya que todos los elementos aparentemente aparecieron juntos al mismo tiempo. Aun los textos más antiguos muestran que el lenguaje escrito había trascendido el uso de signos para representar palabras que eran dibujos de objetos o acciones. Asimismo había signos utilizados para representar únicamente sonidos, y también se había desarrollado un sistema de signos numéricos. Aparte del hecho de que los jeroglíficos poseían ya un carácter estilístico y convencional, también era de uso común la escritura cursiva. Todo esto muestra que el lenguaje escrito debía de tener un considerable período de desarrollo tras de sí, del que, sin embargo, no se ha encontrado rastro alguno en Egipto. Por lo tanto, mientras no se demuestre lo contrarío, debemos aceptar el hecho de que, coincidiendo con la aparición de una arquitectura monumental con un elevado grado de desarrollo, existe un sistema de escritura también plenamente desarrollado.
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Egipto posee los edificios de piedra mayores y más antiguos del mundo. Las antiguas estatuas de piedra egipcias, especialmente las realizadas con materiales tan duros como la diorita, el granito, la cuarcita y el esquisto, son desde hace tiempo objeto de admiración por su excelente factura, así como de asombro y admiración respecto a la naturaleza de las herramientas utilizadas. Los linos del antiguo Egipto varían considerablemente en cuanto a su textura, que va desde la más fina gasa hasta una aspereza semejante a la de la lona, y en las listas de linos del Imperio Antiguo se distinguen varios tipos diferentes. A una edad muy temprana los egipcios se convertían en expertos en el arte de trabajar el cobre a gran escala.  Quizás los ejemplos más notables son la gran estatua de Pepi I (VI dinastía) y la pequeña estatua que le acompaña. Los orfebres egipcios eran artesanos con un alto grado de destreza. Podemos destacar los cuatro brazaletes de Abidos y el de Naga ed Der (I dinastía); el florete de oro y las puntas o remaches de oro de Saqqara (III dinastía), los brazaletes y las cuentas de oro, así como el receptáculo para cosméticos de oro de la pirámide de Sejemjet (III dinastía). Incluso en una época tan temprana como la IV dinastía los antiguos orfebres eran capaces de manipular cantidades relativamente grandes de oro de una sola vez. La industria de las vasijas de piedra alcanzó su cénit a principios del período dinástico, y en ningún otro lugar se ha encontrado tan rica variedad de vasijas de piedra, tan hermosas y tan bellamente realizadas, como en Egipto. En una época tan temprana como la I dinastía los egipcios eran capaces de tallar estatuas de madera casi de tamaño natural. Y durante el Imperio Antiguo alcanzaron un alto grado de destreza, como demuestran los paneles de madera tallada con decoración en relieve de la tumba de Hesire, y al ataúd de madera de seis capas de Saqqara, ambos de la III dinastía. ¿Cómo se explica el alto nivel que había alcanzado la civilización egipcia en relativamente poco tiempo? Existe la posibilidad de que la civilización egipcia no se desarrollase allí, sino que fuese llevada a Egipto por unos hipotéticos conquistadores. Pero esta alternativa no hace sino trasladar el misterio al origen de estos supuestos conquistadores, aún por descubrir. Otra alternativa es que Egipto no «desarrolló» su civilización, sino que la heredó. Las implicaciones de dicha alternativa son evidentes. Si el sistema egipcio de ciencia, religión, arte y filosofía no fue desarrollado por los egipcios, sino heredado, dicho sistema provendría de una civilización anterior que poseyese un elevado nivel de conocimientos. Esta alternativa nos lleva a considerar la hipótesis de la Atlántida.
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No obstante, la  opinión general en el mundo académico es que las evidencias de la existencia de la Atlántida son poco concluyentes. Pero una simple observación realizada por Schwaller de Lubicz saca la cuestión de la Atlántida del ámbito de la filología, para llevarlo al de la geología, donde, en principio, su verificación habría de plantear menos problemas. Schwaller de Lubicz observó que la severa erosión del cuerpo de la Gran Esfinge de Gizeh se debe a la acción del agua, y no del viento ni de la arena. Si el hecho de la erosión de la Esfinge por el agua se pudiera confirmar, derribaría todas las cronologías aceptadas de la historia de la civilización. Resultaría difícil encontrar otro caso en el que una sola y simple cuestión tuviera consecuencias más relevantes. La prueba de las observaciones de Schwaller de Lubicz se presta a dos enfoques. El primero supone probar que el agente responsable de la erosión de la Esfinge fue realmente el agua. El segundo implica demostrar que la erosión de la Esfinge no se puede deber al viento, a la arena o a la acción química. Sería significativo analizar si en la esfinge pueden encontrarse conchas u otros restos de organismos de agua dulce, que normalmente se encuentran esparcidos por las arenas egipcias. Si se hallaran tales evidencias, es posible que se encontraran en mejor estado de conservación que las conchas que han sido arrastradas por el viento durante 15.000 años. Esto, a su vez, sugeriría que estaban allí desde la época de la retirada de las aguas, y, que, por tanto, no habían sido llevadas por el viento junto con la arena que las cubría. Algunos geólogos están de acuerdo en que, a juzgar por las evidencias fotográficas, el tipo de deterioro es el típico de las superficies erosionadas por el agua, pero, en muchos casos, la erosión producida por el viento y la arena podría ser similar a la debida al agua. Pero la erosión del viento y la arena se puede descartar por una razón muy sencilla. Se supone que la gran Esfinge fue construida por el faraón Kefrén, sucesor de Keops, en torno al año 2700 a.C. Durante la mayor parte de los últimos 5.000 años ha permanecido sepultada por la arena hasta la altura del cuello, quedando, por tanto, completamente protegida de los efectos de la arena arrastrada por el viento. Dentro de unos límites relativamente amplios, es posible calcular la cantidad de tiempo que lleva enterrada la Esfinge. Este cálculo tiene una gran importancia. Cuando Napoleón llegó a Egipto, encontró a la Esfinge enterrada en la arena hasta el cuello, mientras que el templo adyacente resultaba invisible. Caviglia excavó definitivamente la Esfinge en 1816. En condiciones normales, el jamsin, el intenso viento del desierto que sopla desde el sur en el mes de abril, va depositando arena poco a poco sobre cualquier obstáculo que encuentra a su paso, y puede que hagan falta cientos de años para que alcance su nivel máximo. Por tanto, en circunstancias normales cualquier monumento o templo se verían sometidos a las fuerzas erosivas de la arena arrastrada por el viento durante largos períodos de tiempo.
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Pero la Esfinge está esculpida sobre una roca, y sólo la parte superior queda por encima del nivel del suelo. Para esculpir la Esfinge, los constructores hubieron de cavar un hoyo en torno a la cresta de la roca, lo bastante profundo como para permitir trabajar en el monumento. Como es lógico, la arena se precipita en un hoyo y lo llena mucho más deprisa de lo que tarda en cubrir un obstáculo situado en el nivel de la superficie. Así, en 1853 la Esfinge se hallaba de nuevo cubierta de arena hasta el cuello. Esta vez fue excavada por Françoise Auguste Ferdinand Mariette (1821-1881), famoso egiptólogo francés. En 1888 Gaston Maspero (1846 —1916), egiptólogo francés, tuvo que desenterrarla de nuevo. Y, en 1916, el alemán Karl Baedeker escribió en su guía de viaje que se hallaba cubierta de nuevo. Así pues, en un período de veinte a treinta años el hoyo en el que reposa la Esfinge se llena otra vez de arena. Esto significa que, sin una atención constante, la Esfinge se hace rápidamente inmune a la erosión de la arena arrastrada por el viento. Existen algunas pistas históricas concretas de épocas en las que la Esfinge estuvo libre de arena. Ni en el Imperio Antiguo ni en el Medio hay referencia alguna a la Esfinge. Ésta adquiere importancia histórica por primera vez a raíz de una lápida de piedra erigida entre sus patas por Tutmosis IV en torno al año 1400 a.C. La inscripción de esta estela cuenta cómo, en una visión, la Esfinge se apareció a Tutmosis, prometiéndole la corona de Egipto si veía retirada la arena que la cubría. Tutmosis realizó la tarea y, posteriormente, se convirtió en rey. Esto prueba que en la época de Tutmosis la Esfinge estaba enterrada. Indica también que las excavaciones no constituían una labor habitual. Sin embargo, la limpieza de la arena de la Esfinge de Gizeh que emprendió Tutmosis IV, mantiene vivo su recuerdo.  Pero la historia antigua de este notable monumento es desconocida, aunque hay diferentes opiniones respecto a su edad. La parte inferior de la estela está rota, y las últimas líneas se hallan en un estado muy fragmentario. Pero algunas palabras legibles en la línea 14 nos dicen que la Esfinge fue construida por el rey Khaf-Ra [Kefrén] … Esta información demuestra que en la XVIII dinastía los sacerdotes creían que había sido realizada por Khaf-Ra, el supuesto constructor de la segunda pirámide de Gizeh aproximadamente dos mil años antes. Si retrocedemos en la historia egipcia, hasta la fecha de la supuesta construcción de la Esfinge por parte de Kefrén, hacia el 2700 a.C, encontramos que durante los cuatro siglos siguientes a este faraón Egipto siguió siendo políticamente estable; pero después entró en un período de caos, conocido como «primer período intermedio», que duró unos tres siglos. A éste le siguió el renacimiento representado por el Imperio Medio, que duró unos cuatro siglos, y tras el que sobrevino otro período de caos, el «segundo período intermedio»; que terminó con el establecimiento de la XVIII dinastía y el Imperio Nuevo.

Podríamos suponer que, a partir de Kefrén, que tenía una conexión con la Esfinge, aunque no la construyó, ésta y su templo pudieron haber sido objeto de cuidados durante todo el período de estabilidad. E igualmente es razonable suponer que al iniciarse el primer período intermedio de caos dichos cuidados se abandonaran, como sucedió con todo lo demás en Egipto. Dado que no se ha encontrado nada en los alrededores de la Esfinge que la relacione con el renacimiento del Imperio Medio, es bastante probable que durante estos siglos se la dejara enterrada en la arena, y que quedara así hasta ser excavada por Tutmosis. En consecuencia, de los 1.300 años transcurridos entre Kefrén y Tutmosis, probablemente la Esfinge pasó 1.000 años enterrada. Frente a la estela de Tutmosis había otra lápida, erigida por Ramsés II dos siglos después, lo que indica que durante todo este tiempo la Esfinge se mantuvo constantemente limpia de arena. Después desaparece totalmente de los registros. Cuando Herodoto visita Egipto, en el siglo v a.C, se refiere extensamente a las pirámides, pero ni siquiera menciona a la Esfinge. Esto no puede ser un descuido, ya que la Esfinge tiene unos 70 metros de longitud y unos 20 de altura, y es la escultura más espectacular del planeta. El hecho de no mencionarla sólo se puede deber a que estaba enterrada bajo la arena. Dadas las maravillas arquitectónicas de Egipto, que en tiempos de Herodoto estaban en mucho mejores condiciones que hoy, la visión de una colosal cabeza aislada en la arena no merecería necesariamente una mención. Y la situación de la Esfinge es tal que a un visitante situado en las pirámides es probable que la cabeza le pasara totalmente desapercibida. En algún momento entre Ramsés II y Herodoto, la Esfinge se descuidó y quedó cubierta por la arena. En el año 1085 a.C. se inició otro período de caos, el «tercer período intermedio». En torno a esta época podemos suponer que la Esfinge se dejó a merced de los elementos, quedó rápidamente cubierta de arena y permaneció así hasta que los Ptolomeos la desenterraron de nuevo. La dinastía ptolemaica es aquella fundada por Ptolomeo I Sóter, general de Alejandro Magno. Esta dinastía gobernó en Egipto durante el período helenístico desde la muerte de Alejandro hasta el año 30 a. C., en que se convirtió en provincia romana. También se le conoce con el nombre de dinastía lágida, pues Lagos se llamaba el padre (o presunto padre) de Ptolomeo I. Ptolomeo I estableció la capital de este reino en Alejandría, un pequeño pueblo en aquella época que se transformó en el principal centro comercial e intelectual de la antigüedad. Esta dinastía adoptó desde el principio las costumbres egipcias y fue una constante enemiga de la dinastía macedonia seléucida. Durante el reinado de uno de sus monarcas (Ptolomeo V) fue cuando se publicó (en el 197 a. C.) un decreto en tres tipos de escritura sobre una piedra negra que se conoce hoy en día como Piedra de Rosetta. En algunos momentos de su historia, la dinastía dominó Cirenaica (al noreste de la actual Libia), así como el sur de Canaán y Chipre. Su último gobernante fue la célebre Cleopatra. Tras su muerte y la de su hijo, Cesarión (Ptolomeo XV), la dinastía concluyó y Egipto fue anexionado por Augusto al Imperio romano.
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Aunque no existen inscripciones que señalen la fecha, se sabe que la Esfinge fue excavada de nuevo, y durante la época ptolemaica o romana se emprendió la labor de reparación de las patas delanteras. Por las hileras de piedra que se conservan de la parte inferior parecería que originariamente se proporcionó una nueva cobertura a todo el cuerpo. Podemos suponer que la fecha más antigua de excavación de la Esfinge debió de ser alrededor del año 300 a.C, mientras que la última fecha en la que fue objeto de cuidados debió de ser el año 300 d.C, dado que en el 333 el cristianismo pasó a ser la religión oficial y exclusiva de Roma, y la antigua religión egipcia se declaró ilegal. En cualquier caso, la religión egipcia llevaba ya varios siglos languideciendo, y resulta poco probable que en una fecha tan tardía como el año 300 d.C. se siguiera prestando atención a la Esfinge. Tenemos constancia que los cristianos y los musulmanes que los reemplazaron tres siglos después, mostraron únicamente un interés destructivo hacia los monumentos egipcios. Por ello, no cabe duda de que entre los años 300 d.C. y el 1800 d.C. la Esfinge permaneció sepultada en la arena. En la parte más agreste del desierto es posible recorrer llanuras plagadas de innumerables conchas de ostras, por lo que podemos imaginar oleadas de agua precipitándose donde ahora todo es silencioso, rocoso y totalmente desprovisto de movimiento y de vida. Allí donde las inundaciones del Nilo alcanzaron a los antiguos monumentos, el efecto de las soluciones de sal será muy marcado, y se manifestará por el desgaste de la parte inferior del monumento. Desde comienzos del pleistoceno todos los cambios geológicos han sido pequeños. Se ha producido la denudación de las gravas más antiguas, la desecación de los uadis, cauces de ríos actualmente secos, y el allanamiento de las pendientes, pero todo ello a un ritmo bastante lento. El desgaste químico, aparte de la hidratación de las sales, ha sido casi insignificante desde el punto de vista geomórfico,  conjunto de procesos responsables de transformar constantemente la superficie. El valle de la orilla occidental del Nilo, en Luxor, que contiene las tumbas de los reyes, parece haber sufrido la erosión del agua, pero las propias tumbas no muestran signo alguno de la acción destructiva de este elemento. Esto significa que la acción del agua de cierta importancia probablemente cesó hace al menos 4.000 años.

Parece más fácil relacionar las características de muchos desiertos con anteriores períodos acuáticos que con su situación actual. F. W. Hume, en su obra Geology of Egypt, muestra una foto tras otra de valles con paredes escalonadas en una región de piedra caliza y arenisca, que, evidentemente, constituyen formas talladas por el agua. Los problemas surgen debido a la gran diferencia de distribución entre las superficies de erosión de varios tipos y el precario estado de conservación de muchas de ellas. Al suponer que el viento y la arena son los responsables del desgaste de la Esfinge, los egiptólogos pasan por alto varios factores más. El primero es que los geólogos coinciden en señalar que sólo un viento de suficiente velocidad como para arrastrar arena puede producir una erosión apreciable. En otras palabras, los vientos normales de Egipto, que predominan durante once meses al año, producen efectos insignificantes. La erosión debida a la arena arrastrada por el viento sólo se puede producir en el mes durante el que sopla el jamsin, de manera intermitente. El jamsin sopla únicamente desde el sur, y, en sus lados sur y este, la Esfinge se halla eficazmente protegida de la fuerza de este viento por el conjunto de sus templos, así como por el propio hoyo en el que reposa. Esto significa que, aunque la Esfinge se hubiera mantenido limpia de arena ininterrumpidamente durante los últimos 4.700 años, los efectos de la erosión de la arena arrastrada por el viento serían mínimos, y cabría esperar que los muros exteriores del templo exhibieran los peores efectos. Pero no es así. Aparte de esto, y debido a factores tales como la turbulencia, la erosión fuerte por el viento y la arena suele producir efectos irregulares y a menudo espectaculares, como las extrañas figuras de las mesetas americanas. Y debido al peso de la arena arrastrada, los geólogos reconocen que, independientemente de la fuerza del viento, la erosión se limita en gran medida a una altura de unos dos metros desde el nivel del suelo. Es este tipo de erosión la responsable de las espectaculares torres de piedra que, en sorprendente equilibrio, aparecen excavadas en su base, pero intactas en su parte superior. La Esfinge y sus templos no muestran evidencia alguna de estos efectos típicos. El desgaste es muy marcado, y, a simple vista, presenta un aspecto uniforme. Sólo en un lugar hay evidencias de la típica erosión debida a la arena arrastrada por el viento, y se trata de una zona en la que esto se podría prever razonablemente. Se trata de la nuca de la Esfinge,; puesto que, si se abandona a los elementos, el cuerpo de la Esfinge y los templos que están junto a ella desaparecen rápidamente bajo la arena. Sólo el cuello y la cabeza permanecen al aire libre. Dado que la erosión de la arena arrastrada por el viento se limita a los dos metros de altura desde el nivel del suelo, cabría esperar que fuera el cuello, y sólo el cuello, el que mostrara los efectos de este tipo de desgaste. De hecho, el cuello, especialmente la nuca, aparece vaciado en su base, resultado típico de la exposición a las arenas arrastradas por el jamsin.
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Este efecto apenas resulta evidente. En comparación con el dramático deterioro del resto del cuerpo parece insignificante, y sólo se hace manifiesto si se busca expresamente. Cuando uno se da cuenta de que no puede ser el resultado de casi 5.000 años de constante exposición al viento jamsin, sino de más de 10.000 años, desde que Egipto se convirtió en un desierto, se corroboran los efectos relativamente menores de la erosión de la arena arrastrada por el viento, a la vez que se hace mucho más inexplicable el deterioro del cuerpo, expuesto sólo 1.400 años de los últimos 4.700 años. Si en sólo 1.400 años el viento y la arena han reducido a la Esfinge a su actual condición, entonces cabría esperar que se hallaran evidencias similares o un deterioro comparable en otros monumentos egipcios construidos con materiales parecidos y expuestos al jamsin durante un período de tiempo similar. Pero las formas rocosas talladas en las enormes piedras areniscas situadas junto a Gebel Silsila, al final de la época prehistórica, se hallan notablemente bien conservadas. Todo ello sugiere que el desgaste reciente ha sido, de hecho, muy lento. Aunque quedan pocos restos en Egipto de la época de Kefrén, abundan los del Imperio Medio, del Imperio Nuevo y del período ptolemaico. Debido al peculiar emplazamiento de la Esfinge, que le permite quedar cubierta por la arena en unos veinte o treinta años, estos otros monumentos, aunque posteriores, han estado expuestos al mismo tipo de efectos erosivos, como mínimo, durante un período igual. En general, las partes más elevadas de los templos nunca han estado sepultadas del todo. Esto significa que incluso los templos ptolemaicos, como los de Dendera, Kom Ombo y Edfú, han estado expuestos al viento y a la arena durante 500 años más que la Esfinge a pesar de haber sido construidos 2.500 años después de la época de Kefrén. Las obras del Imperio Nuevo, como Luxor y Karnak, han estado expuestas a la erosión durante unos 3.000 años, más del doble de tiempo que la Esfinge. Las fotografías muestran los efectos mínimos de la erosión debida a la arena arrastrada por el viento. En los monumentos más antiguos, los sucesivos vientos jamsin apenas han hecho otra cosa que restregar la superficie de las piedras labradas. Los contornos de los relieves y de los jeroglíficos se han difuminado algo, y el viento y la arena han penetrado en las junturas entre los bloques, redondeando los perfectos ángulos rectos de las esquinas. Y eso es todo. En ninguna parte de Egipto hay ninguna estatua o templo que exhiba un desgaste similar al de la Esfinge y el conjunto de sus templos. La única excepción la constituyen los colosos de Memnón, pero el desgaste de estas enormes estatuas de piedra arenisca han sido causadas por la elevación del nivel de la capa freática del Nilo. El agua ha ascendido por las estatuas debido al fenómeno de la capilaridad, y ha reaccionado con las sales presentes en la piedra, con lo que ésta se ha desmenuzado, destruyendo casi el perfil de una de las estatuas. Pero estas condiciones no se aplican a la Esfinge, y los efectos externos del desgaste son totalmente distintos.
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Por todo ello puede sostenerse que el deterioro de la Gran Esfinge de Gizeh no se puede deber a la acción del viento y de la arena. Sólo queda una pequeña duda, que se aplica también a los argumentos en contra del desgaste debido a la acción química y al movimiento de expansión y contracción. Sería que la piedra en la que se esculpió la Esfinge fuera de naturaleza radicalmente más blanda que la utilizada en todas las demás estructuras egipcias; una posibilidad que se puede comprobar fácilmente, pero que aún no se ha hecho. La posibilidad seguirá estando abierta hasta que se verifique, pero es poco probable que la Esfinge se esculpiera en una piedra tan blanda que en sólo 1.300 años las inclemencias del tiempo pudieran producir en ella surcos de más de 50 centímetros de profundidad, mientras que otras variedades más duras, expuestas el doble de tiempo, ni siquiera muestran deterioro en los relieves y los jeroglíficos que tienen grabados. Si la Esfinge no puede haber sido erosionada por la arena y el viento, todavía cabría esperar que mostrara los efectos de la insolación y de la acción química. Aunque de naturaleza distinta, los efectos visibles de la insolación y del desgaste químico resultan difíciles de distinguir. En los primeros, la superficie de la roca se expande y se contrae, y finalmente se rompe, desprendiéndose astillas y escamas de piedra. En el desgaste químico, la humedad o la lluvia empapan la superficie, desencadenando reacciones químicas con las sales presentes en la roca. En este caso la superficie tiende a desmenuzarse, desconcharse o astillarse. Los resultados difieren según el tipo de roca y las condiciones climáticas predominantes. Con el tiempo, los detritos se acumulan alrededor de la base de la roca, formando una capa protectora y evitando un ulterior desgaste de la superficie. Es posible que haya un límite a la acción del desgaste, a menos que los productos de dicho desgaste sean constantemente retirados. El resultado final de la acción de las variaciones diurnas de temperatura en una meseta de roca desnuda es una ruptura de las capas superficiales en escamas de diversos tamaños, que es lo que, de hecho, se observa normalmente en los desiertos egipcios. Una vez se ha producido esta cubierta de escamas, actúa como un manto que evita que las alternancias de temperatura afecten a las rocas más sólidas que hay debajo. La insolación y el desgaste químico tienden a fracturar, a picar y a volver ásperas las superficies sobre las que actúan. Los geólogos coinciden en señalar que, en el desierto, tienden a actuar lentamente, durante miles de años. Un examen de los monumentos egipcios sugiere que las superficies labradas y pulidas resultan mucho menos vulnerables a su acción que las superficies desnudas. Las columnas, muros y arquitrabes de los templos parecen poco dañados aunque hayan estado plenamente expuestos. Por otra parte, en un período de tiempo relativamente corto tanto la insolación como el desgaste químico parecen haber afectado a los desnudos bloques interiores de las pirámides desde que se quitaron los revestimientos alisados que los protegían.
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En cualquier caso, el desgaste de la Esfinge no es característico de la insolación y de la acción química, y resulta inconcebible que estos procesos produjeran efectos tan marcados en los 1.300 años en los que la Esfinge ha estado expuesta a ellos. Sin embargo, un examen más detallado revela la presencia de dichos procesos precisamente allí donde cabría esperar razonablemente que se manifestaran, sustentando aún más la observación de Schwaller de Lubicz. La capas superiores del dorso de la Esfinge, así como las correspondientes partes superiores de la roca talladas al cavar el hoyo que albergaría a la Esfinge, son visiblemente más ásperas que las porciones inferiores. Estas áreas han estado expuestas durante un período de tiempo mucho mayor, y este aspecto áspero es exactamente lo que cabía prever. Los enormes bloques del templo de la Esfinge proporcionan una evidencia que corrobora lo anterior. El viento, la arena, la temperatura y, probablemente, la humedad y la lluvia han difuminado y han vuelto áspero el modelo original. Esta combinación de procesos resulta especialmente notable en el templo, casi totalmente en ruinas, situado en lo alto del camino ascendente que parte de la Esfinge. Aquí, los efectos del viento y las inclemencias climáticas casi han borrado por completo las muestras de la erosión del agua, y sólo se puede ver desde una cierta distancia. Este efecto concuerda con el que exhiben muchos de los riscos de Egipto, que los geólogos coinciden en atribuir a la erosión del agua en una época remota. Desde la distancia, aparentemente estos riscos exhiben una erosión similar a la de la Esfinge. Pero al acercarse se descubre que la ladera se ha fracturado y se ha vuelto áspera debido a la exposición a los elementos, con frecuencia hasta el punto de que la apariencia estratificada, tan visible desde lejos, prácticamente desaparece. Si la Esfinge presenta una apariencia lisa y no se ha visto afectada por este efecto es simplemente porque ha permanecido sepultada, no durante los últimos 5.000 años, sino durante mucho más tiempo. Cuanto más de cerca se examina la observación de Schwaller de Lubicz, más concluyente resulta. Aun dejando siempre abierta la posibilidad de que la Esfinge y sus templos se construyeran con una roca milagrosa que se erosiona diez veces más rápido y de manera distinta que el resto de la piedra de Egipto, el argumento en favor de la erosión de la Esfinge por el agua resulta ser de peso. La erosión que presenta es la típica del agua en otros lugares, y, por otra parte, se puede eliminar la posibilidad de otras formas de desgaste y erosión, especialmente si se supone que han actuado durante los últimos 5.000 años. Pero queda por resolver cómo y por qué los egiptólogos atribuyen la construcción de la Esfinge y de sus templos a Kefrén. Asimismo,  habría que responder a las preguntas sobre las diferencias en la apariencia de la cabeza de la pirámide y la del resto de su cuerpo.

La Esfinge y su conjunto de templos se atribuyen a Kefrén basándose en evidencias indirectas y circunstanciales. La estela de la Esfinge muestra el cartucho de Kefrén en medio de una laguna. Seguramente para indicar una excavación realizada por dicho faraón, de lo que se deduce que la Esfinge estaba ya sepultada bajo la arena en la época de Keops y de sus predecesores. Desde la III dinastía en adelante, los escultores egipcios eran maestros en reproducir los rostros de los faraones exactamente y en cualquier medio. Aunque está claro que el rostro de Kefrén exhibe un mayor parecido con el de la Esfinge que con el de Akenatón, se trata de un parecido que está lejos de ser exacto. Basándose en las evidencias textuales y lingüísticas internas, los egiptólogos decidieron que la redacción pertenecía a la tardía fecha de la propia estela, lo que permitía mantener la atribución de la Esfinge a Kefrén. Sin embargo, la XXVI dinastía es famosa por su interés en el Imperio Antiguo. Así, durante este período se realizaron copias exactas de la arquitectura de aquella época. En un hecho conocido en egiptología que, durante el largo curso de la historia egipcia, en diversos momentos se hicieron copias de documentos antiguos, y que dichas copias fueron, a su vez, copiadas de nuevo, con diferencias textuales debidas al paso del tiempo. Hoy los egiptólogos están empezando a reconocer que diversas inscripciones tardías, que aluden a hechos muy anteriores, no se pueden desechar como meras ficciones. Así, basándonos en lo que sabemos y lo que se admite en el ámbito académico, hay buenas razones para aceptar la posible validez de la inscripción de la estela del inventario. El desgaste del rostro de la Esfinge resulta, sorprendentemente, menos acusado que el del resto del cuerpo. La cabeza y el tocado no presentan ningún deterioro en absoluto, ya que su superficie se ha revestido en una fecha reciente. El nivel de erosión original se puede observar en las fotografías tomadas a finales del siglo XIX. Aunque menos marcadas, se muestran claramente las líneas de estratificación comunes al cuerpo, lo que pude interpretarse como una prueba de que el agente erosivo inicial fue el mismo. Selim Hassan, el egiptólogo que estuvo a cargo de las amplias excavaciones realizadas en el emplazamiento de la Esfinge en la década de 1930, observa: «Por lo que sabemos, el verdadero anfiteatro de la Esfinge se formó cuando Khufu [Keops] extraía piedra para su pirámide. Podemos deducirlo del hecho de que la piedra que rodea a la Esfinge es de la misma excelente calidad que la piedra con la que está construida la Gran Pirámide».
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Esta declaración es confirmada por  los científicos de un equipo de investigación de la Universidad de Stanford, que han realizado sofisticados experimentos electrónicos con la Esfinge, su conjunto de templos y las pirámides. En su informe señalan que la Esfinge está esculpida en «piedra caliza competente»; es decir: no hay nada que distinga drásticamente la piedra caliza de la Esfinge de otras calizas egipcias. Tanto Selim Hassan como el equipo de Stanford apoyan que otros monumentos egipcios, supuestamente contemporáneos de la Esfinge y construidos con materiales similares, deberían mostrar efectos erosivos semejantes. El equipo de Selim Hassan descubrió una gran estela de piedra caliza junto a la Esfinge, erigida por Amenhotep II (1448-1420 a.C). Según observa: «Sólo la parte superior redondeada del monumento, que aparentemente ha estado largo tiempo expuesta a los elementos, ha sufrido erosión, pero incluso aquí ha quedado lo suficiente para mostrar que originariamente exhibía una doble representación del rey presentando ofrendas a la Esfinge». En otras palabras, la larga exposición al viento y a la arena no ha hecho otra cosa que difuminar las inscripciones superficiales de la lápida, lo que confirma las observaciones realizadas por los geólogos que han estudiado Egipto en relación a los efectos erosivos, extremadamente lentos, que se observan en el desierto. Esta conclusión fue corroborada por el equipo de investigación de Stanford, que encontró marcas de cantería pintadas en las piedras que forman y rodean una de las entradas de la pirámide de Mikerinos, que había sido forzada por los árabes en torno al año 1200 d.C. Después de 700 años, estas marcas pintadas seguían siendo visibles, aunque estaban muy difuminadas. Así, repetidas observaciones atestiguan los efectos mínimos de la exposición prolongada a los vientos y las arenas del desierto. Los egiptólogos encargado de las excavaciones de la Esfinge señalan la elevada calidad de la piedra en la que se esculpió. Y esta observación se ve confirmada por los científicos contemporáneos, que utilizan las técnicas modernas más sofisticadas. Por otra parte, los canales que la erosión ha excavado en la Esfinge tienen cerca de 60 centímetros de profundidad. No hay nada en Egipto que se parezca siquiera remotamente a este desgaste, excepto en las laderas de los riscos más antiguos, donde la mano del hombre no ha intervenido. Los geólogos coinciden en considerarlo el resultado de una remota erosión debida al agua, a la que se añaden unos 12.000 años de exposición al viento y a la arena. Todo ello indica que la Esfinge y su conjunto de templos son inmensamente más antiguos que todo el resto del Egipto dinástico,  y que su desgaste se debe a la acción del agua de una inundación, o inundaciones, que actualmente se datan en torno al año 10000 a.C, o incluso antes. Obviamente, para que la Esfinge haya sido erosionada por el agua tiene que ser anterior a la inundación, o inundaciones, responsables de la erosión. Por ello  la historia necesita una seria revisión.

Entre la I y la IV dinastías, entre el 3400 a.C y el 2800 a.C, los escultores y pintores egipcios muestran un creciente dominio de sus materiales. El canon de las proporciones existía ya en la I dinastía, pero la facilidad con la que creaban los artistas y escultores se incrementó durante los cuatro siglos que abarcaron estas dinastías. El cuerpo de sabios o iniciados que constituían «el Templo» sabían exactamente lo que querían lograr. Pero, para poder conseguirlo, habían de formar a un cuerpo de artesanos, partiendo más o menos de cero, hasta que alcanzaran el grado de pericia necesario. Desde la IV dinastía en adelante no hay nada que se pueda calificar de desarrollo. En pintura y escultura se adquirió un cierto grado de creciente sofisticación. La historia egipcia es una sucesión de períodos alternos de decadencia y renovación, en los que, sorprendentemente, cada punto culminante va siendo inferior al anterior. En arquitectura, inmediatamente después del período de las mastabas,  edificación funeraria del Antiguo Egipto, con forma troncopiramidal, de base rectangular, los logros egipcios alcanzaron su cota máxima, que nunca se volvería a igualar. El conjunto de Zoser en Saqqara, de la III dinastía, el primer conjunto arquitectónico de piedra importante emprendido por Egipto, es también el mayor de ellos y, en muchos aspectos, el más hábilmente ejecutado. Durante el siglo siguiente al de Zoser supuestamente se construyeron las grandes pirámides, con sus inmensos conjuntos funerarios, en su mayoría hoy desaparecidos. Nada en el Imperio Medio ni en el Nuevo, incluyendo Luxor y Karnak, resulta comparable con esta actividad de construcción de la Gran Pirámide. Egipto nunca volvió a trabajar con los tipos de tolerancias utilizadas en los varios miles de piedras que formaban el revestimiento de la Gran Pirámide. En comparación, los templos posteriores ptolemaicos resultan pequeños, descuidados y decadentes. Edfú no es Karnak porque el Egipto ptolemaico había descendido muy por debajo del nivel del Egipto ramésida. Al periodo histórico que comprende las dinastías XIX y XX (entre el 1320 y el 1200 a.C.) se le suele denominar época ramésida, por el nombre de sus más importantes faraones, de nombre Ramsés. Aunque los templos funerarios del Imperio Antiguo tienen varios rasgos en común con el templo de la Esfinge, su ejecución resulta radicalmente distinta. La escala de la propia Esfinge empequeñece a la de cualquier otro monumento egipcio. El peso medio de los bloques empleados en la construcción de la Gran Pirámide es de 2,5 toneladas, y muchos de los bloques del templo de la Esfinge pesan 50 toneladas o más. Si el Egipto más reciente hubiera sido capaz de manejar bloques labrados de 50 toneladas en los procesos normales de construcción, lo habría hecho también en otros lugares, posiblemente en todos.
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Es poco probable que una raza antigua, famosa entre los eruditos por su falta de inventiva y su actitud acientífica, se tome la molestia de desarrollar una tecnología de poleas y palancas capaz de manejar bloques de 50 toneladas. La documentada interpretación que Schwaller de Lubicz realiza del antiguo Egipto, su observación de la erosión de la Esfinge por el agua y la cadena de deducciones que siguen a dicha observación plantean la antigua cuestión de la Atlántida. El argumento en favor de esta idea, si no incuestionable, es al menos coherente, y se sustenta en una serie de elementos independientes, pero complementarios. En efecto, entre varias razones podemos decir las siguientes: La civilización egipcia estaba completa ya desde sus comienzos y no hay signo alguno de un período de «desarrollo». El desgaste del cuerpo de la Esfinge es el característico de la erosión por el agua. Resulta casi imposible atribuir esta erosión al viento, a la arena, a la insolación o a las reacciones químicas, dado que la Esfinge ha estado sepultada bajo la arena durante la mayor parte de su supuesta existencia. Hay una completa falta de efectos erosivos similares en otros templos y monumentos egipcios expuestos a los elementos durante el mismo tiempo o más. La atribución de la construcción de la Esfinge a Kefrén se basa en evidencias circunstanciales y poco consistentes. El estilo arquitectónico y la escala de construcción de la Esfinge y su conjunto de templos no se parecen a los de ninguna otra obra del Egipto dinástico. La leyenda de la Atlántida se basa principalmente en el relato que de ella hace Platón en el Timeo, supuestamente transmitido por Solón, quien, a su vez, lo había aprendido en Egipto. Hasta la fecha no se ha encontrado ningún texto o referencia que confirme que Egipto es la fuente de dicha leyenda. En general, los eruditos han tendido a rechazarla, pero algunos de ellos han considerado que debía de tener algún tipo de base histórica. El descubrimiento de que una parte de la isla de Thera había quedado sumergida bajo el Mediterráneo, a consecuencia de un terremoto, en torno al año 1500 a.C. llevó a una serie de eruditos a atribuir la leyenda a la memoria de este desastre, considerando que Platón había añadido un cero de más a la fecha del hundimiento, lo cual explicaría su referencia al año 10000 a.C. Pero la civilización descrita por Platón era infinitamente más sofisticada que cualquiera de las de su tiempo. Es difícil ver cómo o por qué, en el Egipto del Imperio Medio, la destrucción de una insignificante isla iba a dar lugar a una leyenda, y no resulta menos difícil concebir de qué modo iba a dar origen a las leyendas relacionadas con un diluvio o una catástrofe en todo el resto del mundo. Aunque no es inverosímil, la teoría de Thera apenas resulta convincente y no explica la erosión de la Esfinge por el agua.
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Los registros arqueológicos del período anterior al Egipto dinástico resultan confusos e incompletos. Se cree que existieron una serie de culturas neolíticas, más o menos simultáneamente, a partir del año 6000 a.C. En apariencia estas culturas no construyeron nada permanente, y sus artes y oficios eran simples y rudimentarios. No hay ninguna evidencia arqueológica que sustente la idea de una gran civilización anterior. Aquellas sencillas culturas cultivaban cereales y domesticaban animales. El modo en que se empezaron a cultivar los cereales silvestres y se domesticó de manera permanente a algunas especies de animales salvajes constituye una de aquellas cuestiones a las que no se puede responder de manera satisfactoria, aunque se da por supuesta la existencia de un largo período de desarrollo. Probablemente el cultivo de cereales y la domesticación de animales constituyen dos de los logros humanos más significativos después de la invención del lenguaje. Hoy somos capaces de viajar a la Luna, pero no podemos domesticar a una cebra o a cualquier otro animal. No sabemos cómo se llevó a cabo la domesticación originaria; sólo podemos suponerlo. Atribuir estos inmensos logros a pueblos que únicamente sabían golpear el sílex parece algo prematuro. Resulta verosímil sugerir que, como la Esfinge y su conjunto de templos, estos inventos databan de una civilización superior y anterior en el tiempo. Tras estas culturas neolíticas viene un período, casi tan difuso como el anterior, denominado «predinástico», donde se producen utensilios muy superiores a los de las culturas precedentes. La cultura parece distinta, el estilo de las esculturas es diferente, la gente parece pertenecer a una raza distinta, visten de manera diferente, y la rigurosa adhesión a un canon de proporciones, característica, ya desde el comienzo, de todo el Egipto predinástico, se halla aquí ausente. Pero tampoco hay apenas nada en el Egipto predinástico que sustente la idea de su descendencia de la Atlántida. Se han encontrado tablas cronológicas egipcias, en el curso de diversas excavaciones, que sitúan la fundación de Egipto mucho antes de los registros dinásticos. Todos los escritores de la Antigüedad que tuvieron algún contacto con Egipto narran historias relacionadas con dichas tablas. Por desgracia, no disponemos de ninguna tablilla o papiro completos de aquellas cruciales y remotas épocas, y las fuentes presentan numerosas incoherencias. Las diversas fuentes postulan un largo período durante el cual Egipto fue gobernado por los neters, y luego otro, casi tan largo como el anterior, durante el que fue gobernado por los Shemsu Hor (los «compañeros de Horus»). Pero, ¿quiénes fueron los Shemsu Hor?  Olvidados al comienzo de los tiempos y considerados por los investigadores como  producto de la imaginación de pueblos primitivos, algunos dioses reclaman hoy su autenticidad. Lejos de ser un producto fantástico, los Shemsu Hor de Egipto  pudieron haber gobernado este país hace miles de años.
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En los textos ugaritícos de Ras Shamra, pertenecientes a Ilimilku de Shubani, sumo sacerdote de Baal, y que fueron dictados por Atanu Purliani y subsidiados por el rey Niqmad II (1375-1345 a. C.), se hace referencia al dios Ël, que puede significar ‘fuerte’ o ‘primero’, entre otras traducciones. Su equivalente árabe sería Alá. La morada de Ël es una montaña de la cual fluyen dos ríos, que son las fuentes de todas las «aguas vivas» en el mundo. El equivalente griego de esa montaña sería el Olimpo. Los acadios llamaron a sus predecesores «las gentes de Shumer», término que corresponde al hebreo «las tierras de Shin’ar» (‘la tierra de los vigilantes’). Los egipcios la llamaron «Ta Neter» o neter (T’Ntr, ‘la tierra de los ancestros/dioses’), que serían los ancestros que emigraron hacia Egipto. A esta tierra también la llamaron Ta Ur, antigua Ur, ciudad extraña o alejada. La Biblia la nombra como Ur de los Caldeos, en Mesopotamia, de dónde provenía Abraham. Así los primeros dioses saldrían de las tierras de Shem. Según Zacarías: “Acontecerá también en aquel día, que saldrán de Jerusalén aguas vivas; la mitad de ellas hacia la mar oriental, y la otra mitad hacia la mar occidental, en verano y en invierno“. Ahí Abraham vive en una tienda de campaña, o  tabernáculo, como todo patriarca, con su familia. Y ahí los hijos de Ël, los Bene ha Elohim, forman la «asamblea divina», la cual preside Ël. Las cronologías de muchos pueblos antiguos entre los que destacan los mesopotámicos o los egipcios, hablan de la presencia de entidades que desempeñaron el papel de gobernantes en tiempos muy antiguos. Siempre que un historiador moderno se enfrenta a la referencia de alguna de estas entidades sobre un viejo manuscrito, suele relacionarlo con las llamadas cronologías mitológicas. Como sucede en Mesopotamia, los sumerios confeccionaron a partir de un estudio detallado de los movimientos del Sol, la Luna y la Tierra, grandes tablas cósmicas en las que se anunciaban con absoluta precisión la llegada de eclipses. De igual manera, a la vez que podían predecir, los cálculos  matemáticos de los sumerios también les permitieron precisar la existencia de eclipses sucedidos hace ya miles de años. En Egipto sucedió algo similar, y en esos momentos primitivos de la historia de  su pueblo, los habitantes del Valle del Nilo interpretaron o dedujeron la  presencia de unos seres, a primera vista míticos, que gobernaron su país en la época de esplendor. Fueron los Shemsu Hor o Seguidores de Horus. Son varios los textos que hablan de la existencia de estos misteriosos personajes en los albores de la Historia de Egipto. En primer lugar, tenemos el Canon Real de Turín, también conocido como Papiro Real de Turín o Lista de Reyes de Turín, que es un papiro con textos en escritura hierática, custodiado en el Museo Egipcio de Turín, al que debe su nombre. El texto se fechó en la época de Ramsés II, tercer faraón de la Dinastía XIX de Egipto, quien desde el 1279 al 1213 a. C., aunque pudiera estar escrito posteriormente, y menciona los nombres de los faraones que reinaron en Egipto, precedidos por los dioses que gobernaron antes de la época faraónica.

A diferencia de otras listas, no se ha hecho para celebrar un faraón en comparación a otros, por lo que contiene los nombres de todos los gobernantes, incluso los considerados menores y los usurpadores. No se sabe qué fuentes utilizó el escriba para organizar la lista, si la copió simplemente de un papiro ya existente o la compuso teniendo acceso a los archivos de los templos, compilando la lista utilizando antiguas notas de impuestos, decretos y documentos. La primera posibilidad parece la más probable e implicaría que la Lista Real de Turín es realmente un documento de extraordinario valor histórico. El papiro, de 170 cm de largo y 41 cm de alto, consta de unos 160 fragmentos, la mayoría muy pequeños, faltando muchos trozos. Nos ofrece una relación de todos y cada uno de los reyes que gobernaron el Valle del Nilo desde el comienzo de los tiempos. En este documento, de extraordinario valor arqueológico, se nos habla de losShemsu Hor, una especie de héroes que gobernaron Egipto durante seis milenios, inmediatamente después del advenimiento de los dioses, y poco antes de los primeros faraones. Pero no solamente el Canon Real de Turín nos habla de estos insólitos personajes. En época ptolemaica, el greco egipcio Manetón, que fue sumo sacerdote durante el reinado del faraón Ptolomeo II Filadelfo (240 a. C.), recibió de éste el mandato de escribir una Historia de Egipto. Poco es lo que conservamos de su obra que  recogía la historia de esta fascinante civilización desde sus orígenes hasta la llegada de Alejandro Magno y tras él, la dinastía de los ptolomeos. De su libro apenas se han conservado unos breves fragmentos transmitidos por recopiladores posteriores, durante la época romana. En el texto original de Manetón aparecían todos los reyes y años de reinado de los faraones antecesores del propio Ptolomeo Filadelfo. Sin embargo, en los fragmentos recogidos por Eusebio, Manetón hace referencia a los semidioses que gobernaron después de los primeros dioses, entre ellos el propio Horus. Si bien no hace referencia tácita a losShemsu Hor, el período del reinado, 6.000 años, y el puesto en la lista real de estos semidioses, parecen identificarlos con ellos. Estos seres aparentemente míticos habrían pasado desapercibidos para muchos investigadores si no hubieran sido rescatados del olvido por las nuevas cronologías en el seno de la Egiptología y que parecen retrasar varios siglos el comienzo de la historia de esta civilización. ¿Fueron los Shemsu Hor los verdaderos constructores de las pirámides?  El problema no es una cuestión menor. Para muchos egiptólogos la imagen del dios Osiris está basada seguramente en una figura real, quizá identificada con uno de los primeros grandes reyes de la historia de Egipto en el IV Milenio a. C. Posiblemente este dios, ya no tan mítico, debió gobernar en alguna localidad del sur de Egipto, cerca de Abydos, ciudad que en los siglos sucesivos se convirtió en el centro nacional de adoración de este dios.
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Precisamente el hijo de Osiris, Horus, el dios con cabeza de halcón, está ligado a la figura de su padre por el célebre relato de la muerte de Osiris a manos de su envidioso hermano Set. Además, cuenta la leyenda, que a la hora de vengar la muerte de su padre, Horus recibió ayuda de unos misteriosos seguidores, los Shemsu Hor, que fueron una baza importante en el desarrollo de la batalla final. En uno de los relieves de la galería que rodea al templo de Horus en Edfu, aparecen aquellos en una de las pocas representaciones que de estos seres se conservan en Egipto. No sabemos si debemos interpretar estas afirmaciones como narraciones míticas que nunca fueron ciertas, o son realmente la constatación histórica de que Egipto fue fundado y habitado por una civilización, hoy ignorada, miles de años antes de lo que afirman las cronologías más ortodoxas. Son numerosos los interrogantes que salen al paso en el momento en que nos adentramos en las brumas del origen de la civilización egipcia. Si calculamos la duración de los reinados de los sucesores de los Shemsu Hor, podremos llegar a la conclusión de que, de haber existido, esta especie de semidioses tendrían que haber gobernado la Tierra en algún momento alrededor del año 10000 a. C. Según las crónicas egipcias, al comienzo de los tiempos la realeza pasó de uno a otro en sucesión ininterrumpida a lo largo de 13.900 años. Algunos autores antiguos, como Eusebio de Cesarea (275 – 339 d.C.), creían que tal desmesurado número de años se debía a que los egipcios llamaban año a lo que el resto de los mortales denominaban mes lunar, Sin embargo, esta interpretación, que no se fundamente en ningún argumento, no tiene sentido.  Según estas antiguas fuentes, después de los dioses, los héroes reinaron 1.255 años, dando paso a otra línea de reyes que gobernó durante 1.817 años. Más tarde gobernaron una treintena de reyes más, procedentes de Menfis, que ocuparon el trono durante 1.790 años. Seguidamente reinaron diez reyes de la ciudad de Tis durante 350 años, y después de éstos llegaron los Shemsu Hor, llamados en las crónicas como héroes, que durante 5.813 años reinaron sobre el Valle del Nilo. Finalmente, llegó al trono de Egipto el primer rey dinástico, de nombre Menes y que gobernó el Valle del Nilo desde el año 3100 a. C. En total, estás cronologías suman 11.025 años, que a la vista de los investigadores modernos parecen algo increíble. A decir verdad, no existe ni una sola prueba arqueológica que remita a los egiptólogos a probar la existencia de una civilización desarrollada en los albores del décimo milenio antes de nuestra Era, precisamente el mismo momento en que se hace referencia al hundimiento de la Atlántida de Platón. Por ello, cabe preguntarse de dónde procedían los Shemsu Hor en una época tan temprana de la historia del hombre.

Hay algunas pruebas astronómicas y arqueológicas que pueden retrasar la cronología del antiguo Egipto a momentos que muchos investigadores calificarían de míticos. A la teoría de Orión de Robert Bauval y la supuesta nueva cronología de la Esfinge habría que añadir algunas evidencias que señalan el año 10000 a. C. Éste es el caso del zodíaco del templo de la diosa Hathor, en Dendera, cuyos 2,5 m de diámetro decoraban el techo del pórtico de una de las capillas dedicadas a Osiris, en el lado oriental del templo. Conservado en la actualidad en el museo parisino del Louvre, cualquier aficionado a la astronomía puede comprobar cómo la colocación de los signos zodiacales está desarrollada de tal manera que el signo correspondiente a la constelación de Leo es el primero en aparecer. La constelación de Leo es el grupo de estrellas que primaba en el horizonte de Egipto precisamente en el año 10000 a.C. Sin embargo, ninguna de estas teorías demuestra con claridad que en esa época tan temprana existiera sobre el Valle del Nilo una civilización desarrollada, tal y como muchos han querido ver. Pero, según Robert Bauval, si no existió ninguna cultura capaz de construir grandes monumentos en el año 10000 a. C.,  ¿qué sucedió alrededor del año 10.000 a. C. para que los egipcios miles de años después, rememoraran ese momento? Contradiciendo las teorías académicas en donde se defiende que el término Shemsu Hor no es más que la designación dada a una serie de reyes míticos que vivieron en un pasado lejano mítico, existe una tendencia que pretende otorgar a los seguidores de Horus un papel más importante de lo que se había pensado hasta ahora. Autores como Robert Bauval o Graham Hancock, no solamente piensan que los Shemsu Hor existieron, sino que además fueron los portadores de una sabiduría iniciática que durante siglos se mantuvo en el más absoluto de los secretos. Bauval y Hancock defienden que gracias a este selecto grupo de sabios, los antiguos egipcios pudieron erigir grandes construcciones para las que se requería una talla tal en conocimientos de tipo astronómico o matemático, que resultan imposibles de encontrar en una civilización aparentemente primitiva como lo era la egipcia del 2500 a. C., fecha en la que supuestamente se levantaron las grandes pirámides. Según estos dos autores, a la hora de edificar monumentos gigantescos como los de la meseta de Gizeh, trabajaron seres inteligentes, sin cuya ayuda hubiera sido imposible la consecución de logros arquitectónicos de tal calibre. Es decir, sin la ayuda de los Shemsu Hor. El deseo de los Seguidores de Horus, añaden Bauval y Hancock, era alcanzar la conquista de un gran proyecto cósmico que durante los siglos venideros sirviera de acicate a distintas generaciones de egipcios. Este proyecto no sería otro que el gigantesco plan cósmico que supone la construcción sobre el Valle del Nilo de una réplica en piedra de la constelación de Orión, grupo de estrellas que estaba identificado con el dios Osiris; precisamente la divinidad para la cual los Shemsu Hor se unieron a su señor Horus con el fin de vengar su muerte.
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Después de la llamada Era de las Pirámides, que en la Historia de Egipto ocupa un período de tiempo que más o menos se extiende desde el 2600 hasta el 2000 a. C., desaparecieron del panorama arquitectónico todas aquellas construcciones que requerían una serie de conocimientos astronómicos y matemáticos extraordinarios. En definitiva, aparentemente desaparecieron losShemsu Hor como herederos de un saber iniciático que había sido guardado desde tiempos inmemoriales y que fue empleado para honrar a los dioses con monumentos extraordinarios. Resulta imposible desentrañar la cronología, y en algunos casos el resultado depende del modo de cálculo elegido. Pero, según los cálculos que dan la fecha más alejada, la fundación de Egipto se situaría nada menos que en torno al año 30000 a.C, mientras que, según los que dan la fecha más reciente, dicha fundación habría tenido lugar alrededor del año 23000 a.C. Influido por los libros de Charles Etienne Brasseur, uno de los pioneros en el estudio de la arqueología, la etnología y la historia precolombina de Mesoamérica., Peter Thompson, en su libroMysteries of the Mexican Pyramids,  afirmaba que, aunque no había ninguna prueba concluyente de la teoría de la Atlántida, una tradición tan extendida y una leyenda tan persistente debía tener alguna base histórica. Thompson señalaba las tradiciones de pueblos muy distantes entre sí, relativas a la misteriosa aparición en las costas del golfo de México del Pueblo de la Serpiente, o Chanes. Thompson indicaba que los jefes de los olmecas eran conocidos como Chanes, o, entre los mayas, como Canob, «Serpientes», «Hombres Sabios», o Ah Tzai, «Pueblo de la Serpiente de Cascabel». Entre los mayas de América Central, el simbolismo de la serpiente era muy común. La mayoría de las serpientes representadas en su arte son emplumadas, indicando su capacidad de volar. El antiguo libro maya Chilam Balam relata que los primeros habitantes de Yucatán eran los Chanes o “Gente serpiente“, quiénes vinieron a través del mar desde el Este (¿Atlántida?) conducidos por Itzamna, un dios serpiente. Él era la deidad más importante del panteón maya; y como dios dominante, gobernaba los cielos. Y es uno de los pocos dioses mayas que no es asociado a la muerte y la destrucción. Itzamna era el dios creador, quién infundió la vida al hombre. Como tal, se adapta muy bien a la descripción del dios sumerio Enki.  Thompson, sostiene que el término “itzem“, del que deriva el nombre del dios, se debe traducir como “reptil“. De hecho, Itzamnal, la ciudad del dios Itzamna, significa literalmente “el lugar del lagarto“. Hay también muchas formas antropomorfas del dios Itzamna donde lo representan como mitad humano y mitad serpiente. El benevolente dios serpiente también se encuentra en la mitología Azteca. Quetzalcóatl es el dios serpiente emplumado que trajo la civilización a México y enseñó la ciencia de la astronomía y las matemáticas al hombre.

Zecharia Sitchin, experto en la cultura sumeria, identifica a Quetzalcóatl con el príncipe Nannar, el Thoth egipcio y el Hermes griego. En la mitología mesopotámica, Sin, Nanna, Nannar, Suen o Zuen es el dios masculino de la Luna. Para los sumerios, era conocido como Nanna o Nannar, hijo de Enlil, dios del viento y del cielo, y de Ninlil, diosa del aire. Sin era su nombre en acadio y babilonio. Comúnmente se le designaba como En-Zu, que significa ‘Señor de la sabiduría‘. Pasa por ser un antiquísimo dios protector de los pastores. Durante el periodo en que Ur ejerció la supremacía sobre el valle del Éufrates (entre el 2600 y el 2400 a. C.), Sin fue considerado, naturalmente, como el dios supremo del panteón. Es entonces cuando se le designó como «padre de los dioses», «jefe de los dioses» o «creador de todas las cosas». La «sabiduría» personificada por el dios lunar es también una expresión de la existente ciencia de la astronomía o la práctica de la astrología, en la que la observación de las fases de la luna era un factor importante. También podría haber una cierta relación con el Buda asiático. Las leyendas de dioses serpiente también abundan en la mitología de África. Según los Dogon, en Mali, su dios creó el sol y la luna, y luego la tierra de un montón de arcilla. Y finalmente los primeros seres primitivos que eran gemelos llamados Nummo, que eran mitad humanos y mitad serpiente o pez. Y como sabemos, los Dogones también pusieron el origen de sus dioses en Sirio, al que los egipcios se refirieron como Osiris e Isis. Herodoto afirma que uno de sus guías le dijo: «el sol se había alzado dos veces hasta donde ahora permanece, y había permanecido dos veces donde ahora se alza». Schwaller de Lubicz interpreta esta observación como una descripción del paso de un ciclo precesional y medio, lo que situaría la fecha de fundación de Egipto en torno al año 36000 a.C, una fecha que concuerda ampliamente con las demás fuentes. A estas evidencias hay que añadir la ubicuidad de las leyendas relativas a catástrofes y a diluvios. Las correspondencias culturales, científicas, lingüísticas y matemáticas descubiertas entre las civilizaciones de América central y Egipto, y los últimos descubrimientos de la arqueología, hacen retroceder en el tiempo los inicios de la civilización  e incrementan los conocimientos científicos que poseía la humanidad antigua. Dadas todas estas evidencias, la idea de la Atlántida ya no puede ser ignorada. Los escritores árabes, especialmente los que han tratado las maravillas de Egipto, nos han dado una descripción más completa de las pirámides. Pero se ha mezclado con tantas invenciones propias que la verdad ha quedado oscurecida.
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El historiador árabe Ibn Abd Hokm afirma que las pirámides estaban repletas de talismanes, objetos mecánicos y riquezas. También dice lo siguiente:«La mayor parte de los cronólogos coinciden en señalar que el que construyó las pirámides fue Saurid Ibn Salhouk, rey de Egipto, que vivió trescientos años antes del diluvio. La ocasión la propició el hecho de que viera en sueños que toda la Tierra se daba la vuelta junto con sus habitantes, los hombres quedaban cabeza abajo, y las estrellas caían y se golpeaban entre sí, produciendo un ruido enorme, y, aunque quedó preocupado por esto, lo ocultó. Luego vio que las primeras estrellas caían a la Tierra, con la apariencia de una gallina blanca, y cogían a los hombres, y se los llevaban entre dos grandes montañas, y las montañas se cerraban sobre ellos, y las estrellas brillantes se volvían oscuras. Se despertó con gran temor, y reunió a los principales sacerdotes de todas las provincias de Egipto, ciento treinta sacerdotes, cuyo jefe se llamaba Aclimun. Les refirió todo el asunto, y ellos midieron la altitud de las estrellas, e hicieron sus pronósticos, y predijeron un diluvio. El rey dijo: ¿caerá sobre nuestro país? Le respondieron: sí, y lo destruirá. Y, como quedaban todavía algunos años, en el tiempo restante mandó construir las pirámides, y que se hiciera una bóveda (o cisterna) en la que entraría el río Nilo, y de ahí pasaría a los países de Occidente, y a la tierra de Al-Said. Y las llenó (las pirámides) con talismanes, y con extrañas cosas, y con riquezas, y tesoros, etc. Grabó en ellas todo lo que habían dicho los hombres sabios,, así como todas las ciencias profundas. La ciencia de la astrología, y de la aritmética, y de la geometría, y de la física. Todo esto se puede interpretar por el que conoce sus caracteres y su lenguaje. Después de haber dado órdenes para esta construcción, cortó inmensas columnas y maravillosas piedras. Se fueron a buscar piedras enormes de los etíopes, y con ellas se hicieron los cimientos de las tres pirámides, manteniéndolas unidas con plomo y con hierro. Las puertas se construyeron a 40 codos bajo tierra, y las pirámides se hicieron de una altura de 100 codos reales, que son como 500 codos de nuestra época. También hizo cada una de sus caras de 100 codos reales. El inicio de esta construcción se hizo con el horóscopo favorable. Después de finalizada, la cubrió con Satten  (mármol) de arriba abajo, y declaró una fiesta solemne, en la que estuvieron presentes todos los habitantes de su reino. Luego construyó en la pirámide occidental treinta tesorerías, llenas con un montón de riquezas, y utensilios, y con signaturas hechas de piedras preciosas, y con instrumentos de hierro, y vasijas de tierra, y con un metal que no se oxida, y con cristal que se puede doblar y, sin embargo, no se rompe, y con extraños conjuros, y con varios tipos de akakirs, sencillos y dobles, y con venenos mortales, y con otras cosas más. También hizo en la pirámide oriental diversas esferas celestes, y estrellas, y lo que las hace funcionar independientemente en sus distintas orientaciones; y los perfumes que hay que usar con ellas, y los libros que tratan de estas materias. También puso en la pirámide coloreada (la tercera) los comentarios de los sacerdotes, en cofres de mármol blanco, y para cada sacerdote un libro donde se hallaban los prodigios de su profesión, y de sus acciones, y de su naturaleza, y lo que se había hecho en su época, y lo que es, y lo que será, desde el principio de los tiempos hasta el final de ellos. Colocó en cada pirámide a un tesorero: el tesorero de la pirámide occidental era una estatua de mármol, erguida y con una lanza, y una serpiente coronaba su cabeza. A quien se acercaba y permanecía allí, la serpiente le mordía en un costado, y se enroscaba en torno a su cuello, y lo mataba, y luego volvía a su lugar. Puso como tesorero de la pirámide oriental a un ídolo de ágata negra, con los ojos abiertos y brillantes, sentado en un trono y con una lanza; cuando alguien lo miraba, oía una voz a su lado que le privaba del sentido, de modo que caía postrado boca abajo, y no cesaba hasta que moría. Puso como tesorera de la pirámide coloreada a una estatua sedente de piedra, llamada Albut. Quien miraba hacia ella era arrastrado por la estatua, hasta que quedaba pegado y no se podía separar de ella, hasta que moría».

Recientemente se ha producido una revisión arqueológica general y una actualización de las opiniones acerca de las civilizaciones que florecieron entre el año 10000 a.C., así como sobre el surgimiento de las civilizaciones de Egipto y Mesopotamia, en torno al 3000 a.C. Jericó, que se remonta al año 8000 a.C, construía ya enormes murallas de piedra. Catal Huyuk, en Anatolia, muestra una cultura urbana sumamente desarrollada y sofisticada. Así, la imagen de los cazadores-recolectores neolíticos asociada a este largo período ha sido, en gran parte, reconsiderada. El geólogo Robert Schoch considera posible que la Esfinge se realizara por un equivalente egipcio de estas culturas y apoya la idea de una antigüedad  entre el 5000 y el 7000 a. C.. Aunque en aquella época el Sahara era ya un desierto, no era tan seco como en la época del Egipto dinástico, y durante aquellos milenios hubo períodos de fuertes lluvias. Schoch considera posible que fueran estas lluvias las que desgastaron la Esfinge. Pero lomás probable es que la Es finge fuera anterior al final de la última glaciación. La tecnología utilizada tanto en ella como en los templos adyacentes es de un orden exponencialmente superior al de cualquier elemento de Catal Huyuk o de Jericó. Si en Egipto se hubiera dispuesto de una tecnología de este orden, veríamos evidencias de ella en otros lugares del mundo antiguo. La erosión inducida por las fuertes precipitaciones, y el hecho de que no tengamos evidencias de ninguna otra cosa que proceda de la época de la Esfinge, lleva a pensar que la hipótesis más plausible es que esas otras evidencias que faltan quizás se hallen enterradas más profundamente de lo que nadie ha buscado, y/o en lugares que nadie ha explorado. Quizás en las orillas del antiguo Nilo, hoy situadas a varios kilómetros del Nilo actual; o acaso en el fondo del Mediterráneo, que durante la última glaciación estaba seco. Si la Esfinge datara de una fecha tan relativamente reciente como son desde el 5000 al 7000 a.C., probablemente habría otras evidencias en Egipto de la civilización que la esculpió. Sólo las nuevas investigaciones pueden resolver esta cuestión. Parece evidente que la Gran Esfinge es mucho más antigua que el Egipto dinástico, aunque falta por determinar su antigüedad exacta. ¿Fueron construidos los templos de Egipto por unos hábiles pueblos primitivos como afirman los egiptólogos?, o ¿ fueron construidos por una civilización mucho más avanzada de lo que creemos? Quienesquiera que esculpieran la Esfinge y construyeran los increíbles templos situados junto a ella, con bloques de piedra de 200 toneladas cuidadosamente encajados, desde luego no eran simples cazadores recolectores. Hay que reexaminar todo lo que se nos ha dicho que debemos creer acerca de nuestro pasado remoto.

Fuentes:
  • John Anthony West – La Serpiente Celeste  – Los Enigmas de la Civilización Egipcia
  • Colin Wilson – El Mensaje Oculto de la Esfinge
  • Juan Jesús Vallejo – Enigmas del Antiguo Egipto
  • René A. Schwaller de Lubicz – El templo del hombre
  • Robert Bauval – El misterio de Orión
  • Fuente
  • https://oldcivilizations.wordpress.com/

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