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Algunos enigmas de la antigüedad: Tartessos y Stonehenge

Varios investigadores sugieren que el modelo que inspiró la Atlántida fue Tartessos, un reino que estaba situado en el sur de la Península Ibérica. Basan sus argumentos en la multitud de detalles coincidentes entre la mítica Atlántida y Tartessos, tales como su situación en el extremo de las Columnas de Hércules, sus fabulosas riquezas, su intensa actividad comercial, su templo central con dos fuentes de agua, caliente una y Imagen 6fría la otra, o un mar de barro que hacía peligrosa la navegación. En la Atlántida el templo estaría dedicado a Poseidón, mientras que en Tartessos estaría dedicado a Hércules. Ambos personajes, Poseidón y Hércules están relacionados a través del Toro de Creta, que es un animal mitológico en la antigua Grecia. Este toro es el que Poseidón hizo salir del mar cuando el rey Minos prometió ofrecer un sacrificio a Poseidon. El rey Minos prometió a Poseidón que sacrificaría lo primero que saliera del mar. Poseidón hizo salir un toro, pero Minos lo encontró tan hermoso que lo incorporó a sus rebaños y el dios, enfurecido, hizo que la reina Pasífae, esposa del rey Minos, se enamorara del animal. Dédalo construyó una vaca de madera, dentro de la que se escondía Pasífae. El toro se apareaba con la vaca de madera y Pasífae quedó encinta, pariendo un horrible monstruo mitad hombre y mitad toro: el Minotauro. Posteriormente Minos autorizó a Hércules a capturar el toro con el que se había apareado Pasífae, lo que constituyó uno de sus doce trabajos. Dédalo construyó entonces un complicado Laberinto, en el que Minos encerró al Minotauro. Teseo mató al Minotauro; Minos, furioso, encarceló a Dédalo y a su hijo, Ícaro, en el laberinto. Dédalo e Ícaro huyeron usando unas alas que Dédalo inventó, pero Ícaro voló demasiado alto, muy cerca del sol y sus alas se derritieron. Ícaro cayó al mar y se ahogó. Así pues, Hércules se presentó a Minos, que le autorizó para capturar con sus propias manos al toro cretense. Hércules consiguió dominar al animal y lo condujo, a través del mar Egeo, hasta Micenas. Euristeo, al ver al hermoso animal, lo quiso ofrecer en sacrificio a Hera, pero la diosa lo rechazó al ver la ferocidad del toro, por lo que Euristeo lo dejó libre. El toro causó estragos allá por donde pasó. Atravesó la Argólide, cruzó el istmo de Corinto hasta que finalmente el héroe ateniense Teseo consiguió matarlo con su espada en la llanura de Maratón, cerca de Atenas.
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Tartessos es uno de los mayores misterios para la arqueología europea, incluida la exacta ubicación de la mítica ciudad, ya que hay escasez de pruebas concretas. Pero probablemente Tartessos fue una entidad territorial formada por diversas poblaciones bajo el mando de una autoridad única. Los habitantes de Focea fueron los primeros griegos que llevaron a cabo navegaciones lejanas y fueron ellos quienes descubrieron Iberia y Tartessos. Focea era una ciudad griega de Asia Menor, actualmente en Turquía, donde actualmente se encuentra la ciudad de Foça, en el golfo de Esmirna. Su nombre proviene del animal foca, que fue el símbolo de la ciudad. Fundada por colonos de Eritras y Teos en el siglo VIII a. C., fue un importante puerto comercial y mantuvo tratos con todo el Mediterráneo occidental. Focea fue la más septentrional de las ciudades jonias. Estrabón dice que marcaba el inicio de Jonia y el límite de Eólida. Estaba situada cerca de la boca del río Hermo, el actual Gediz, en la costa de la península que separa el Golfo de Cime al norte y el golfo de Esmirna al sur. Tenía dos excelentes puertos, que propiciaron que la ciudad desarrollara una floreciente economía marítima. El antiguo geógrafo Pausanias dice que Focea fue fundada por los focidios bajo liderazgo ateniense: Los focenses son por nacimiento originarios de Fócide, al pie del Parnaso, los cuales pasaron a Asia con los atenienses Filógenes y Damón. La región la tomaron de los de Cime no en guerra, sino en virtud de un acuerdo. Los restos de cerámica indican la presencia eolia y jonia en el siglo IX a. C. Según Heródoto, los foceos fueron los primeros griegos que realizaron largos viajes por mar y quienes descubrieron el Adriático, el Tirreno, Iberia y Tartessos. Heródoto relata que los foceos se hicieron muy amigos del rey Argantonio y éste les animó a abandonar Jonia y a establecerse en la zona de sus dominios que prefiriesen. Y, al no lograr persuadirlos y enterarse de los progresos de los persas, les dio dinero para circundar su ciudad con un muro. Probablemente comerciaron con los griegos de la colonia de Naucratis en Egipto, que era colonia de la ciudad jonia de Mileto. Al norte, probablemente ayudaron a colonizar Amisos (Samsun) en el mar Negro, y Lámpsaco en el extremo septentrional del Helesponto (actual Dardanelos). Sin embargo, las principales colonias foceas estuvieron en el Mediterráneo occidental. Los focenses fundaron sucesivamente las colonias de Massalia (actual Marsella) en 600 a. C., en la desembocadura del río Ródano, después Agde, Aegitna (Cannes), Antípolis (Antibes) o Nicea (Niza). Después Alalia (actual Aleria), en la costa oriental de Córcega, enfrente de Etruria, el 545 a. C., así como Emporion (Ampurias) en la Península Ibérica.

Focea permaneció independiente hasta el reinado del rey lidio Creso, cuando, con el resto de la tierra firme de Jonia, cayeron bajo control lidio. Y después, con Lidia, fueron conquistados por el medo Harpago, general del rey aqueménida Ciro II el Grande de Persia en 546 a. C., en una de las contiendas iniciales que desembocaron en el gran conflicto greco-persa. Cuando estaban sometidos a los persas, los foceos abandonaron su ciudad. Algunos huyeron hacia Quíos, otros hacia sus colonias de Córcega y a otros sitios del mar Mediterráneo. Pero algunos finalmente regresaron a Focea. En la costa oriental de Córcega, 20 años antes de estos hechos habrían fundado la ciudad de Alalia. Pero, cuando se disponían a partir rumbo a Córcega, desembarcaron en Focea y mataron a la guarnición persa que, por orden de Harpago, defendía la ciudad. En 535 a. C. los foceos libraron una batalla naval en Alalia contra los etruscos y los cartagineses, en la que 40 de sus naves fueron destruidas y las 20 restantes quedaron inservibles. Tras la derrota, que marca el comienzo del retroceso de los griegos en el mediterráneo occidental y el inicio de la expansión cartaginesa, pusieron rumbo a Regio. Partiendo de allí fundaron en Lucania la ciudad de Elea (la latina Velia), al sur de Pesto, hacia el 540 a. C. En 500 a. C., Focea se unió a la revuelta jónica contra Persia. Indicativo de sus proezas navales fue que Dionisio, un foceo, fuera nombrado jefe de la flota en la decisiva batalla naval de Lade, a principios del verano de 494 a. C., por parte de los próbouloi jonios reunidos en el Panjonio. Dado que el número de las naves foceas era exiguo, su nombramiento quizá tuviera como objeto evitar envidias y recelos entre las potencias que más naves aportaban. La flota jonia fue derrotada y finalizó la revuelta. Por su parte, el foceo Dionisio, al percatarse de que la causa de los jonios estaba perdida, huyó después de haber capturado tres naves enemigas. Contaba pues con seis navíos de combate. Pero no puso rumbo a Focea, pues sabía perfectamente que dicha ciudad, al igual que el resto de Jonia, iba a ser esclavizada , sino que puso proa a Fenicia, en una zona muy próspera, debido al intenso tráfico comercial de las ciudades del litoral fenicio, y donde el enemigo no esperaba que pudiese actuar. En aquellas aguas hundió varios gaulos, barco mercante fenicio por excelencia, haciéndose con un cuantioso botín. Posteriormente se dirigió a Sicilia donde estableció su base y estuvo dedicado a la piratería en detrimento de cartagineses y tirrenos. En esta época, dedicarse a la piratería no significaba el menor desdoro. Es más, Dionisio aparecía como un patriota al no atacar a los navíos de sus connacionales y sí a los de Cartago y Etruria, que mantenían un intenso tráfico comercial en aguas sicilianas.
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Tras la derrota del rey persa Jerjes I por los griegos en el 480 a. C. y el consiguiente aumento del poder ateniense, Focea se adhirió a la Liga de Delos, pagando un tributo a Atenas de dos talentos. En 412 a. C., durante la guerra del Peloponeso, Focea se rebeló con el resto de Jonia y con la ayuda de Esparta. Durante el periodo helenístico cayó bajo los seléucidas y luego bajo el gobierno de los atálidas. Con posterioridad estuvo brevemente bajo el control de Benedetto Zaccaria, el embajador genovés de Bizancio. Zaccaria amasó una considerable fortuna con sus propiedades de Focea. Los foceos no navegaban en barcos redondos sino en penteconteras. Una vez llegados a Tartessos, hicieron amistad con el rey de los tartesios, llamado Argantonio. Este hombre reinó en Tartessos durante ochenta años y vivió un total de ciento veinte. Los focenses ganaron de tal forma su amistad que inmediatamente los invitó a dejar Jonia para establecerse en la región de su país que desearan. Además, cuando le contaron la presión que los persas ejercían sobre su territorio, les dio dinero para que fortificaran su ciudad con una muralla. Así, nos da noticia Heródoto de los legendarios tartesios y de su magnífico rey. El mismo historiador cuenta que un notable antecesor griego de Cristóbal Colón descubrió por casualidad la existencia de Tartessos: «Una nave samia, cuyo capitán se llamaba Coleo, navegando con rumbo a Egipto fue desviada hacia Platea. Y llevados por un viento afeliota que no cesó durante todo el viaje fueron arrastrados más allá de las Columnas de Hércules, y por providencia divina llegaron a Tartessos. En aquel tiempo, este mercado estaba intacto todavía. Por eso los samios, al llegar a su país, obtuvieron por su cargamento mayores ganancias que ninguno de los griegos de quienes tengamos noticia cierta. Los samios tomaron seis talentos, la décima parte de sus beneficios, y construyeron en bronce una especie de crátera de Argos y la consagraron en el templo de Hera». Heródoto escribió estas palabras hace dos mil quinientos años. Desde entonces su eco no ha dejado de alimentar el mito de una posible Edad de Oro, en una tierra privilegiada regida por un rey venerable, hospitalario, rico y generoso. Pero no son éstos los únicos textos antiguos que nos hablan de Tartessos. En realidad podemos decir que es poca la información o evidencias que tenemos de Tartessos. Trescientos años antes de que Heródoto redactara su obra, otro hombre de aquel extremo del Mediterráneo, esta vez judío, escribía en Reyes: «Toda la vajilla de la casa del Bosque del Líbano era de oro fino; la plata no se estimaba en nada en tiempos del rey Salomón, porque el rey tenía una flota de Tarsis en el mar y cada tres años venía la flota trayendo oro, plata, marfil, monos y pavos reales».¿Era Tartessos la Tarsis que menciona? Pero tal vez la nave de Tarsis era un tipo de embarcación más que un destino. Si fuera así, las naves no tenían que ir necesariamente a Tarsis. Es más, según todos los indicios, el puerto del que partían estaba en el golfo de Eliat, no en el Mediterráneo, y su destino, por los productos que enumera, parece más África que la península Ibérica.

El profeta Ezequiel vuelve a mencionar una Tarsis. Esta vez sí parece que se trata de Tartessos. Sea como fuera, el nombre de Tartessos resonaba en los oídos de los mediterráneos orientales y ellos la tenían por la tierra de la abundancia, un país de la plata y del oro que tanto fascinaba, ya entonces, a los hombres. Estas y otras noticias de Tartessos han encendido durante los últimos siglos la imaginación de arqueólogos e historiadores. Con todo, la fiebre de Tartessos no hizo crisis hasta el siglo XIX, cuando se sucedieron sensacionales descubrimientos arqueológicos, como el de Troya por parte de Schliemann. Unos años más tarde le siguió Evans al desenterrar los palacios de la legendaria Creta. Con estos brillantes precedentes se imponía pensar que en alguna parte del sur de España tenía que dormir sepultada la antigua capital del rey Argantonio, en espera de que otro afortunado arqueólogo la descubriese y rescatase para la posteridad. Ésta fue la meta que se propuso Adolf Schulten (1870-1960), un alemán que había consagrado su vida al estudio de los antiguos habitantes de la península Ibérica. Schulten estaba firmemente convencido de que encontraría una ciudad como Troya o un conjunto palaciego como Cnosos y de que, si perseveraba en su tarea, acabaría obteniendo los mismos resultados que su compatriota Schliemann. Basándose en las conclusiones del arqueólogo Gómez Moreno (1870-1970), que se había referido al pueblo tartesio pero nunca a Tartessos como capital de un reino, Schulten se lanzó a la búsqueda de la ciudad sin más base que una interpretación de textos tardíos de Avieno, poeta latino del siglo IV d. C. Entre 1923 y 1925 Schulten estuvo excavando en el coto de Doñana, cerca de la desembocadura del Guadalquivir. Fracasó estrepitosamente y murió sin resolver el enigma al que consagrara buena parte de su vida. Su libro sobre Tartessos es hoy casi unánimemente menospreciado. Con todo, este libro tuvo la virtud de divulgar el estudio de Tartessos. Schulten fue víctima del error de que cuando algún objeto refinado llegaba a sus manos, era incapaz de aceptar que fuera obra indígena e inevitablemente lo clasificaba como importación fenicia o cartaginesa. El panorama cambió cuando José María Blázquez publicó, en 1968, su obra Tartessos. Blázquez es catedrático de Historia Antigua de la Universidad Complutense de Madrid. Su actividad investigadora se ha centrado principalmente en las religiones de la Hispania antigua. Ha dirigido excavaciones en el Monte Testaccio en Roma y en la Península Ibérica, principalmente en la ciudad ibero-romana de Castulo,  en Linares, Jaén. Desde entonces han menudeado las excavaciones y se han publicado algunas monografías que han divulgado distintos aspectos de la cultura tartesia. Puestos a revisar las teorías de Schulten lo primero que conviene preguntarse es si realmente existió una floreciente ciudad llamada Tartessos. Los textos más antiguos hablan de un río que desemboca «casi enfrente de la ilustre Erytheia», es decir, de Cádiz. Un río cercano a Cádiz sólo puede ser el Guadalete o el Guadalquivir, pero también hay autores que sugieren el río Tinto.
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Más tarde, Tartessos aparece como reino y como nombre de una región, nunca como una ciudad. Sólo siglos después comienza a hablarse de una ciudad vagamente situada en la desembocadura del Guadalquivir o cerca de Cádiz. Por esta zona del Bajo Guadalquivir casi todos los modernos historiadores sitúan el principal núcleo de Tartessos. Para comprender el fenómeno de Tartessos hay que hablar primero de los metales y de las colonizaciones orientales, principalmente de la fenicia. De todos es sabido que las primeras civilizaciones surgieron en elFértil Creciente, dibujo de una luna en creciente que ocuparía las regiones fluviales de Mesopotamia, Palestina y Egipto; es decir, las cuencas del Tigris, el Éufrates y el Nilo. Estas civilizaciones se asentaban en regiones ricas en agricultura pero pobres en metales. Estando ligado el progreso industrial y económico a la obtención de metales, aquellas comunidades no tuvieron más remedio que desarrollar un activo comercio en torno a la prospección, explotación y transporte de los metales desde tierras muy lejanas. Con este comercio, el sur de la península Ibérica recibe claras influencias de Oriente, desde el tercer milenio a. de C. El principal atractivo de Tartessos residía precisamente en su riqueza metalúrgica. Para las civilizaciones que se desarrollaron en elFértil Creciente los metales eran el petróleo de su progreso. Primero buscaron ávidamente plata y bronce, que es una aleación de cobre y estaño. Más tarde buscarían hierro y oro. Tartessos era rico en metales. Producía gran cantidad de plata en Huelva, en Sierra Morena y en Cartagena; cobre en Huelva; estaño en Sierra Morena. Pero casi todo su estaño vendría de Galicia y de las islas Británicas, por vía marítima y terrestre. La aristocracia de Tartessos sería equivalente a los nuevos ricos que el petróleo produce en Oriente, que atesoraban preciosas joyas y se hacían importar lujosas vajillas orientales desde los mejores talleres chipriotas. En vista de la estrechísima vinculación existente entre los tartesios y Oriente algunos historiadores se han preguntado si no serían estos pueblos el resultado de alguna emigración venida de aquellas tierras. De hecho es una cosa probada que el sufijo «ssos» procede de Asia Menor y también es cierto que muchos nombres de lugar de la costa andaluza parecen derivar de otros orientales. Se ha sugerido que quizá algunos contingentes de griegos micénicos huidos de la invasión de los llamados «pueblos del mar», hacia 1200 a. de C, pudieron establecerse en las zonas mineras de Huelva o en Sevilla, y dar origen a Tartessos. La amistad del rey Argantonio con los griegos ha llevado a sospechar la existencia de algún parentesco entre tartesios y griegos. Otra explicación sería que los tartesios se inclinaban hacia los griegos para equilibrar la creciente intromisión fenicia en sus fuentes de riqueza.

Para Schulten, los tartesios eran producto de la interrelación de cretenses y etruscos. Estos últimos habrían fundado la ciudad de Tartessos hacia el año 1200 a.C. Un siglo más tarde llegarían los fenicios, que fundarían Cádiz para comerciar con Tartessos. Otros historiadores creen que Tartessos es el resultado de la mutua incidencia de elementos foráneos y población aborigen. Los extranjeros pudieron ser algunos de aquellos «pueblos del mar», especialmente los mastienos, que guerreaban por Egipto y Palestina.  Los Pueblos del Mar son la imagen más viva de la terrible hecatombe que asoló Grecia, Asia Menor y Egipto en una incontenible oleada de destrucción sin parangón en la toda la Historia. Antes de iniciarse la guerra de Troya, el mundo civilizado vivía un equilibrio de poderes perfectamente asentados. Grecia estaba dominada por los micénicos, Egipto era un estado fuerte y poderoso, Troya dominaba la costa occidental turca y los hititas el resto de la península turca y Siria. Pero a finales del siglo XIII, todo ese equilibrio de poderes se vino abajo por causas aún no aclaradas. Los griegos micénicos, que habían destruido Troya, fueron aplastados por una oleada invasora que borró todo resto de su civilización. Los fantásticos palacios fortificados micénicos, como Tirinto o Micenas, fueron asaltados y destruidos, la población se dispersó, los campos se abandonaron, la zona se despobló e incluso se perdió la escritura. Sólo la ciudadela micénica de Atenas, encaramada en lo alto de la Acrópolis, resistió la destrucción. Todo lo demás fue destruido. Grecia se sumió en una edad oscura que habría de durar más de 400 años. En esa misma época, todo el Asia menor fue literalmente arrasado. Ugarit en Siria, Tarso en el sur de la costa turca, todos los enclaves civilizados fueron destruidos. Egipto fue invadido y a duras penas consiguió rechazar a los asaltantes a un altísimo coste del que ya nunca más se recuperaría. El poderoso imperio Hitita también fue arrasado. Su capital, Hattusa, con sus soberbias fortificaciones que causaban asombro en el mundo entero, fue destruida y arrasada hasta los cimientos. Jamás la Historia había visto una hecatombe de este tipo que hizo retroceder siglos el curso de la Historia, condenando a florecientes civilizaciones a volver a la Edad de Piedra. ¿Quiénes fueron los responsables de esta hecatombe? Este es uno de los mayores enigmas de la Historia. Quizás algún día sepamos lo que realmente ocurrió. Bruscamente, hacia el 1200 a. de C., se pierde la pista de los Pueblos del Mar. Es posible que algunos grupos emigraran al sur de la península. Para otros autores esta explicación tampoco es satisfactoria, ya que Tartessos sería una creación indígena. Desde 1966 se han producido diversos intentos de filiar la lengua de las inscripciones tartesias, yendo la totalidad de los intentos orientada a identificarla como una lengua indoeuropea. Pero, por interesantes que estos intentos puedan ser, no han llegado a ninguna conclusión definitiva y, de hecho, recientemente se ha propuesto la hipótesis contraria, que los datos disponibles abogan porque sea una lengua no indoeuropea. Restando esta discusión pendiente, sí parece clara su falta de relación con las demás lenguas vecinas: ni con el íbero, ni con el vasco, ni con el bereber, ni con el fenicio.
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El pionero de estos estudios fue Stig Wikander y, aunque sus propuestas están lastradas por el uso de una transcripción obsoleta, su propuesta principal sigue siendo objeto de estudio. Cree que en las palabras keenii keentii pueden verse dos formas verbales según la conjugación indoeuropea. En la primera forma se seguiría el modelo de la conjugación -hi de las lenguas anatolias, en la que, como en griego antiguo, una desinencia -i es la marca de la tercera persona del singular. Mientras que en la segunda, tanto podríamos tener una tercera del plural de la conjugación -hi (desinencia -nti) como una tercera del singular de la conjugación -mi (desinencia -ti). Nacía así la hipótesis anatolia, que sugería una relación entre los pueblos anatolios y Andalucía, muy en la línea de las reconstrucciones de Adolf Schulten, para quien Tartessos era una colonia etrusca, quienes a su vez eran de origen egeo, de Gordon Childe y de Manuel Gómez-Moreno, para quien la cultura tartesia y más concretamente su escritura tenían parentesco con la cultura minoica. Ideas todas ellas hoy en día superadas. Para Gómez Moreno, Tartessos fue la continuidad de las herencias megalítica, y sus dignos sucesores fueron los turdetanos, pueblo prerromano que habitaba en la Turdetania, región que abarcaba el valle del Guadalquivir desde el Algarve en Portugal hasta Sierra Morena. Nuria Sureda Carrión. autora de La cultura mastiena de El Argar, base cultural de Tartessos, habla de dicha cultura, que corresponde a la Edad del Bronce micénica. No hay que olvidar que en la región de Tartessos se habían producido durante los milenios tercero y segundo a.C, importantes focos culturales. Son los que se denominan Cultura de los Millares y Cultura del Argar, en nombre de dos núcleos excavados en la provincia de Almería, España. Estos núcleos, que se atribuyen a la influencia de colonizadores procedentes de Oriente, consiguieron un notable desarrollo agrícola y minero. Luego incidieron diversos colonizadores orientales, tales como fenicios, griegos micénicos, mastienos o tirsenos. Y de la amalgama de todos esos elementos nacería, en el primer milenio antes de Cristo, la cultura tartesia. Otro misterio que plantea Tartessos es el hecho de que no haya dejado rastro arquitectónico de alguna importancia. Al margen de la hipotética ciudad, que probablemente ni siquiera existió, lo que parece fuera de toda duda es que hubo un reino extenso y rico. Una entidad política de tal magnitud debiera haber dejado algún rastro monumental que atestiguara su prosperidad y grandeza. Pero no se ha encontrado nada. Los únicos constructores conocidos en esa región antes de los romanos son anteriores a Tartessos, como los sepulcros megalíticos de Antequera, Málaga, o son posteriores, como la cámara sepulcral de Toya, Jaén. De la época tartésica propiamente dicha, que podemos situar entre principios del milenio y el siglo V a.C., no hay rastro. Esta pobreza de vestigios arquitectónicos contrasta con otros vestigios materiales que reflejan la riqueza y el refinamiento alcanzados por los habitantes de aquel reino.

El primer tesoro de Tartessos apareció en la década de 1920. Desde entonces se han multiplicado los hallazgos. Especialmente famoso es el de El Carambolo, hallado a las afueras de Sevilla. Se compone de un conjunto de joyas de oro que pesa tres kilos. Su valor artístico supera en mucho al material, ya que consta de magníficos brazaletes, cinturones, pectorales y joyas de preciosa y barroca orfebrería. Otro tesoro similar se encontró en el cortijo de Ébora, Cádiz. Éste estaba compuesto por noventa y tres piezas de oro y algunas de cornalina. Todo ello delata la existencia de una aristocracia enriquecida por la explotación y comercio de metales, aficionada al lujo y suficientemente refinada como para rodearse de estos objetos y joyas. Una aristocracia que inicialmente importa del oriente fenicio una rica cerámica barnizada de color rojo, y luego consigue que los talleres indígenas fabriquen muy aceptables imitaciones tanto de esa cerámica como de productos de orfebrería basados en el arte chipriota, en el hitita y en el asirio. El hallazgo de suntuosos objetos de bronce, tales como braserillos, páteras y jarros, testimonia claramente el refinamiento que alcanzaron. En el siglo V a.C, Tartessos desaparece bruscamente del mapa. Schulten imaginó que la ciudad fue conquistada y arrasada por los cartagineses. Después de la conquista de Tiro por los persas y el desplome de Fenicia, el comercio fenicio de Occidente había quedado principalmente en manos de Cartago, antigua colonia tiria. Los cartagineses no se contentaban con ejercer un colonialismo económico como los fenicios. Ellos aspiraban, además, al dominio de la tierra. Otros autores creen que el fin de Tartessos, lejos de ser tan brusco se debió a una decadencia gradual. El sur de la península Ibérica había sufrido un proceso de orientalización bastante profundo en la época de Tartessos. Los fenicios se introdujeron en la vida económica de la región y controlaron su comercio e industria, arrinconando a los indígenas a un papel de obreros y campesinos. Quizá el rey Argantonio quiso mitigar esta dependencia y diversificar sus proveedores, liberando su economía del monopolio fenicio. Para conseguirlo procuraría pactar con los griegos de Coleo de Samos. Coleo fue un mercader y navegante jonio de mediados del siglo VII a. C., natural de la isla de Samos, que, según Heródoto de Halicarnaso, se hallaba en ruta hacia Egipto y, tras socorrer a los colonos tereos, fue arrastrado por los vientos hasta Tartessos, mercado virgen para los griegos, obteniendo una de las mayores ganancias que se recordaban en su momento, evaluadas en sesenta talentos, es decir, 150 kilogramos de plata. Con la décima parte de los beneficios, encargaron un magnífico exvoto en honor a la diosa Hera, patrona de Samos. Es el primer griego histórico, casi contemporáneo del propio Heródoto, en viajar a la península Ibérica, después de los viajes míticos de los héroes aqueos.
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Los que postulan la destrucción de Tartessos por las armas creen que esta política progriega provocó el ataque de fenicios o cartagineses, cuando vieron amenazados sus intereses económicos. Pero también es cierto que toda la explicación del arrasamiento de Tartessos por una guerra es poco creíble. Un examen atento de los textos antiguos nos muestra que sólo muy tardíamente aparece la mención de Tartessos como referida a una ciudad. En los primeros testimonios, lo único que queda claro es que Tartessos es un reino y un río de «raíces argénteas», porque desciende de los montes de la Plata. La ciudad, si la hubo, y su reino se esfumaron por completo abrupta y misteriosamente. Schulten situaba la capital de Tartessos en algún lugar del Coto de Doñana, un parque natural que se extiende por la desembocadura del río Guadalquivir, entre Huelva y Cádiz. Pero hoy las teorías de Schulten han sido rebatidas por otros arqueólogos. Algunos coinciden en señalar la zona de la ría de Huelva como el lugar más probable del emplazamiento de la fabulosa ciudad. En torno a esta ría se agrupan muchos yacimientos de lo que podríamos denominar el mundo de Tartessos, entre ellos un barco naufragado con un cargamento de armas de bronce, que apareció en el fondo de esa ría. Además, en esta región estarían las principales minas de Tartessos. La identificación de Tartessos con la Baja Andalucía, iniciada en 1598, procede del hecho de que Estrabón llame también turdetanos a los pobladores de esta región. Para Nuria Sureda debe valorarse más la zona oriental de la Turdetania, entre los ríos Almanzora y Segura. «El Monte de la Plata —escribe— debe situarse más cerca de la costa mastiena, tal vez en el Cabezo Negro de Mazarrón». Esta hipótesis, asegura dicha autora, «muestra en conjunto una historia de Tartessos coherente, apoyada por las fuentes escritas». Con los datos que la arqueología y la historia han aportado hasta ahora, nada concluyente se puede afirmar sobre la existencia de la ciudad de Tartessos. Lo único que parece claro es que Tartessos fue un reino nacido de la aceptación, por una serie de pueblos distintos, de una autoridad central necesaria para coordinar la explotación y comercio de la riqueza mineral y también agrícola de una amplia zona comprendida entre las cuencas fluviales de los ríos Guadiana y Segura, es decir, Andalucía y Levante, desde Huelva a Cartagena. Después de la época de Tartessos aquella tierra estuvo poblada por diversos pueblos iberos, entre ellos los turdetanos, asentados en el valle del Guadalquivir. Sí damos crédito a lo que Estrabón dice de ellos, parece evidente que merecen el título de herederos de la cultura de Tartessos: «Tienen fama de ser los más cultos de los iberos, poseen una gramática y tienen escritos de antigua memoria, poemas y leyes en verso que ellos dicen de seis mil años. Los demás iberos tienen también su gramática, pero menos uniforme». Esta gramática debe interpretarse como sistema de escritura. El hallazgo de inscripciones reveladoras o incluso de verdaderos archivos ayudaría al esclarecimiento de ese enigma que se llama Tartessos.

Según los textos del historiador griego Heródoto, hacia el siglo V a. C. una nave con tripulantes focenses, provenientes de la región jónica, fue desviada, por causas climatológicas, unos kilómetros más allá de las famosas columnas de Hércules. La supuesta desgracia se tornó en alegría cuando los marineros griegos contactaron con una cultura que parecía navegar en la más abrumadora abundancia. Sorprendidos por el hallazgo, trabaron amistad con el rey de aquel pueblo. Su nombre era Argantonio, quien, nacido en el 670 a. C., había llegado al trono de Tartessos cuarenta años después y perdurado en él otros ochenta años. Según algunas indagaciones efectuadas por diferentes estudiosos, los tartesios tendrían origen griego y habrían llegado a la zona con evidente interés colonizador, dados los inmejorables recursos naturales que ofrecía aquella tierra. Argantonio conservaba el arraigo de su país ancestral y, por eso, no es de extrañar que recibiera con generosidad y cariño la llegada de los focios y les entregara, según la narración de Heródoto, oro suficiente para permitirles la construcción de una muralla en su ciudad de origen, a fin de protegerles de los reiterados ataques persas. Esta hipótesis puede ser tan válida como las que sostienen el origen indoeuropeo de los tartesios. Argantonio (670 a. C. – 550 a. C.) fue el último rey de Tartessos, único del que se tienen referencias históricas. Debido a su longevidad, hay historiadores que piensan que podría tratarse no de un rey sino de una dinastía ya que se le atribuyen tesoros con unos 300 años de diferencia. Aparece en fuentes griegas por su relación militar y comercial con Focea, colonia de los griegos en Asia Menor. Argantonio es el primer monarca histórico de la Península Ibérica citado por las fuentes de la Antigüedad. Las únicas referencias sobre su figura se encuentran en los textos de Anacreonte (siglo VI a. C.) y Heródoto (siglo V a. C.), quienes le atribuyen una vida de ciento veinte años y un reinado de ochenta. Los historiadores sitúan su reinado entre 630 y 550 a. C., por lo que se considera el 670 a.C. como fecha aproximada de su nacimiento. Su reinado supone el apogeo de la cultura de Tartessos. El nombre de Argantonio (Hombre de plata), que revela su origen indoeuropeo, aparece en las fuentes griegas ligado a la riqueza minera de su reino (bronce y plata), con la cual prestó ayuda a los focenses para financiar la fortificación de Focea contra la amenaza persa. Se dice que envió hasta 1500 kilos de plata a sus aliados. Sin embargo, no logró con ello que se establecieran en su reino colonias focenses, con las que aspiraba quizá a sacudirse la tutela comercial establecida por los fenicios de Gadir (Cádiz), o quizá dar salida al comercio de los metales, interrumpidas por la presión asiria sobre las ciudades de Fenicia. Lo más probable es que Argantonio falleciera de muerte natural, pues no existen documentos históricos sobre su fallecimiento.
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Tras la batalla naval de Alalia (535 a. C.), 15 años después de la muerte de Argantonio, en la que etruscos y cartagineses se aliaron contra los griegos, Cartago se convierte en dueña indiscutible del Mediterráneo Occidental. Cortada la ruta hacia Iberia, los focenses cesan el comercio con Tartessos, que queda lentamente relegada al olvido. La derrota griega dejó a Tartessos sin sus aliados y expuesto al ataque púnico. Poco después, alrededor del 500 a.C., los tartesios habrían sufrido el ataque de los cartagineses. La capital de Tartessos fue sitiada por los cartagineses, y, según cuentan algunas fuentes, después de tomar la fortaleza que la defendía por la parte del mar, la muralla fue derribada. Todo el imperio de Tartessos debió hundirse tras la caída de su capital y la misma suerte le cupo a Mainake (Málaga), la ciudad griega fundada bajo la protección de Tartessos. Así, Cartago se adueñó del Mediterráneo Occidental y la mayor parte de la costa mediterránea española quedó bajo su influencia. Este dominio púnico se mantendría en estas tierras hasta que Cartago se enfrentó a Roma por la hegemonía en el Mediterráneo occidental, en las Guerras Púnicas, siendo derrotada totalmente en el 146 a. C. Esto marcaría la llegada de los romanos a la Península Ibérica, donde encuentran una región llamada Turdetania en que vivían los descendientes de Tartessos. A esta región la llamarían la Bética y al río Tartessos, que la cruzaba, lo llamarían río Betis. Lo cierto es que, durante siglos, las tradiciones griegas y romanas mantuvieron el relato sobre Tartessos. En dichas historias siempre se hablaba de aquel reino como tierra de promisión y riquezas inagotables. Pero un territorio de tanta grandiosidad no puede desaparecer de repente. Entonces, ¿dónde estaba su capital? Hoy en día lo único tangible de lo que disponemos son algunas muestras cerámicas, sepulcros llenos de rico ajuar en las necrópolis, tesoros como el de Ebora o el del Carambolo, y poco más. Sí sabemos, en cambio, que la cultura tartesia existió y que se desarrolló, al menos entre el 1200 y el 550 a. C. La arqueología nos impide por el momento certificar la existencia de la capital de un reino, pero sí podemos suponer que esta cultura se extendió territorialmente desde Huelva hasta Cartagena, ocupando casi todo el sur de la península Ibérica. Los tartesios pudieron florecer económicamente gracias a sus enormes recursos minerales. Eso nos invita a pensar que las minas onubenses estuvieron muy cerca del lugar en el que se asentó aquella monarquía. Y, si tenemos en cuenta relatos históricos e investigaciones posteriores a cargo de expertos como Adolf Schulten, Blanco Freijeiro o José María Blázquez, podemos suponer que, de existir una ciudad, ésta debería estar entre Cádiz y Huelva, tal vez cerca de las marismas del río Guadalquivir, en el Coto de Doñana, que Schulten intentó excavar en los años 23-25 del siglo XX, sin que tuviera fortuna.

Tartessos sigue constituyendo un gran enigma para los historiadores. Pensar en una sociedad minera y artesana que creció en torno a simples edificaciones borradas por el paso de los siglos parece poco probable, máxime a sabiendas de que dispusieron de un gran potencial económico, que les permitió comerciar con otros pueblos mediterráneos. En los restos encontrados no faltan testimonios de piezas evocadoras de otras latitudes, tales como la egipcia o la fenicia. Precisamente, algunos piensan que los pobladores del actual Líbano fundaron Cádiz con el propósito de negociar con los tartesios. Existen numerosas hipótesis sobre el final de este legendario reino. Unos piensan que fueron los cartagineses quienes destruyeron Tartessos hasta los cimientos a fin de apropiarse de sus recursos mineros y territoriales. Otros aseguran que lo más fiable nos diría que aquellos primigenios pobladores andaluces evolucionaron y que fueron los turdetanos sus grandes herederos, ya que en época romana estos íberos se confirmaron como los más cultos de su entorno, pues poseían una gramática más compleja que el resto y conservaban viejas tradiciones que ellos mismos databan en seis mil años de antigüedad. Sea como fuere, tras los grandes descubrimientos arqueológicos del siglo XIX como los palacios de Creta a cargo de Evans o la Troya homérica de Schliemann, el hallazgo de Tartessos se alza como uno de los últimos grandes retos para la arqueología del siglo XXI. También sería conveniente conocer la morfología del estrecho de Gibraltar hacia el 9600 a.C. Se sabe que en esa fecha el nivel de las aguas oceánicas estaba 100 metros por debajo del nivel actual. En la actualidad la profundidad máxima en el estrecho de Gibraltar es de unos 300 metros en la zona más estrecha. Esta zona del estrecho es una zona en la que la placa Africana choca con la euroasiática, por lo que es una zona de subducción continental y donde los terremotos son frecuentes. Se sabe que estos terremotos producen maremotos cíclicos en las zonas del Sur de Portugal y Andalucía oriental. Todo ello podría haber causado un tsunami en la zona de la antigua Tartessos.
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Otro caso enigmático lo tenemos en Stonehenge, que es el principal monumento prehistórico del Reino Unido y uno de los grandes enigmas de la antigüedad. Está ubicado a unos cien kilómetros de Londres, en las llanuras de Salisbury. Se ha dicho con frecuencia que sin las estrellas del firmamento no habría podido desarrollarse ninguna civilización, pues los hombres no habrían tenido la menor idea de las leyes cíclicas de la Naturaleza, ni punto de referencia, ni conciencia del infinito. Si esta opinión está en lo cierto, la Ciencia habría empezado, para ciertos hombres, con la visión de las estrellas hechas visibles, y tal vez fue esto lo que ocurrió en Stonehenge y entre nuestros antepasados del neolítico, que establecieron un calendario estelar. Alexander Marshak, en su libro The Roots of Civilization (Las raíces de la civilización), publicado en 1972, argumenta que, antes del comienzo de la historia escrita, los primeros seres humanos marcaban en piedras una clave que tenía el propósito de llevar la cuenta de las Lunas nuevas. Gerald Hawkins, en Stonehenge Decoded (Stonehenge descifrado), sostiene que Stonehenge fue un observatorio prehistórico, ideado para llevar cuenta de la Luna nueva y predecir los eclipses lunares que ocurren alguna que otra vez durante la Luna llena. Un eclipse lunar era la aterradora muerte de la Luna, de la que los seres humanos dependían para el cómputo de las estaciones. Poder predecir el eclipse reducía el temor. Los sumerios, que tenían unos conocimientos muy desarrollados de astronomía, astrología, geometría sagrada y  matemática, conocían esta red de líneas de fuerza magnética de la Tierra, también  conocida como cuadrícula de energía global. L. A. Waddell dijo que encontró marcas sumerias en una de las piedras en Stonehenge. Y Alexander Thom, profesor de Ingeniería en la Universidad de Oxford, descubrió que los que construyeron Stonehenge sabían los principios geométricos y matemáticos pitagóricos miles de años antes de que Pitágoras naciese. Thom explicó que las piedras no sólo formaban dibujos geométricos en y alrededor del círculo, sino que también se alineaban a características en el paisaje circundante y a las posiciones del Sol, la Luna y las estrellas más relevantes en momentos determinados, como por ejemplo cuando el  Sol aparecía o desaparecía en el equinoccio o el solsticio y la Luna estaba en las posiciones extremas de su ciclo. Era un reloj astronómico gigantesco, Pero añadió que era algo más: Era un receptor y transmisor de energía.

Jules Eudes de Catteville, marqués de Mirville, que trata de justificar a la  Biblia, pregunta muy pertinentemente por qué las enormes piedras de Stonehenge eran llamadas antiguamente  chior-gaur o “baile de los gigantes”. Pero autores de varias obras eruditas sobre las ruinas de Stonehenge, Carnac y West Hoadley, dan informes más completos sobre este asunto. En esas regiones, verdaderos bosques de rocas, se encuentran inmensos monolitos, pesando algunos unas 500 toneladas. Estas piedras suspendidas de Salisbury Plain se cree que son los restos de un templo druídico. Pero los druidas eran hombres de épocas históricas, y no legendarios cíclopes o gigantes de épocas antediluvianas. ¿Quiénes pues, que no fuesen gigantes, pudieron levantar esas moles?. Especialmente son remarcables las de Carnac y West Hoadley, colocadas en orden tan simétrico que pudiesen representar el planisferio, y asentadas en tal maravilloso equilibrio que parece que apenas tocan el suelo. Ahora bien; si dijésemos que la mayor parte de estas piedras son reliquias de los últimos atlantes, se nos podría contestar que muchos geólogos pretenden que tienen un origen natural. Muchas veces estas moles gigantescas son completamente extrañas a los países en donde hoy se encuentran y sus semejantes geológicos pertenecen muchas veces a estratos desconocidos en aquellos países, ya que sólo se encuentran muy lejos, más allá de los mares. William Tooke (1744–1820), historiador británico especializado en Rusia, especula sobre los bloques enormes de granito esparcidos sobre Rusia Meridional y la Siberia, e indica que donde ahora se encuentran no hay rocas ni montañas, y que han debido de ser traídos “desde distancias inmensas y por esfuerzos prodigiosos”. Un ejemplar de tales rocas, en Irlanda, que habría sido sometido al análisis de un eminente geólogo inglés, lo había atribuido a origen extranjero, quizás africano. Ésta es una  coincidencia extraña , pues la tradición irlandesa atribuye el origen de sus piedras circulares a un brujo que las trajo de África. Tal vez fuese un atlante, que hubiese sobrevivido o a un gigante. Lo que es evidente es que fue un poder  humano,  aunque gigantesco, el que lo llevó a efecto.  En su obra Stonehenge, Flinders Petrie, importante egiptólogo británico, dice: “Stonehenge está construido con piedras del distrito, una piedra arenisca roja o “porosa”, llamada en la localidad “carneros grises”. Pero algunas de las piedras, especialmente las que se dicen dedicadas  a objetos astronómicos, han  sido traídas de lejos, probablemente del Norte de Irlanda”.  En un artículo publicado en 1850 en la Revue Archéologique, podemos leer: “Cada piedra es un bloque cuyo peso pondría a prueba las máquinas más poderosas. En una palabra: existen esparcidas por el globo moles ante las cuales la palabra  materiales  parece inexplicable, a cuya vista la imaginación se confunde y a las que deberían aplicarse un  nombre tan colosal como ellas mismas. Además de esto, estas piedras  oscilantes inmensas , llamadas algunas veces  dispersadoras , erectas sobre uno de sus extremos como de punta, tienen su equilibrio tan perfecto, que el menor contacto es suficiente para ponerlas en movimiento… revelando un conocimiento de los más positivos de la estática. Contramovimiento recíproco, superficies planas, convexas y cóncavas, por turno… todo esto las relaciona con los monumentos ciclópeos, de los cuales puede decirse con mucha razón, repitiendo a De la Vega, que más bien parece han trabajado en ellos los demonios que no los hombres

Pausanias, en su obra Archaica, habla de la impresión que le causó ver a los griegos adorando a las ‘piedras parlantes’ hasta que llegó a la Arcadia y pudo comprobar por sí mismo las cualidades de dichas piedras. Orfeo divide a éstas piedras entre las Ophîtes y Sideritês, la Piedra Serpiente y la Piedra Estrella, como se muestra en el siguiente párrafo: “La Ophîtes es áspera, dura, pesada, negra, y tiene el don del habla; cuando uno va a tirarla, produce un sonido semejante al grito de un niño. Por medio de esta piedra fue como Heleno predijo la ruina de Troya, su patria“. Helena Petrovna Blavatsky nos habla de esas piedras y de su historia: “Sanchoniathon y Filón de Biblos, refiriéndose a estos “betilos”, los llaman “piedras animadas”. Fotio repite lo que Damascio, Asclepiades, Isidoro y el médico Eusebio, aseguraron antes que él. Eusebio, especialmente, nunca se separaba de sus Ophites, que llevaba en su seno, y recibía oráculos de ellas, proferidos por una vocecita que se parecía a un tenue silbido. Anobio, confiesa que siempre que encontraba una piedra de éstas, no dejaba de dirigirle alguna pregunta, “que a veces ella contestaba con una vocecita clara y aguda. La famosa piedra de Westminster era llamada ‘liafail’, “la piedra parlante”, y sólo elevaba la voz para nombrar al rey que debía ser elegido. Cambry, en su Monuments Celtiques, dice que la vio cuando tenía todavía la inscripción: ‘Ni fallat fatum, Scoti quocumque locatum Invenient lapidem, regnasse tenentur ibidem’“. Finalmente, Suidas habla de un cierto Heraescus que podía distinguir de una ojeada las piedras inanimadas de las que estaban dotadas de movimiento. Suidas fue un lexicógrafo griego del siglo X. Legó un glosario, una recopilación imprecisa pero que abarca bastantes fragmentos de interés sobre la historia literaria, entre otros segmentos de obras de autores de la época que no han perdurado en la actualidad. El glosario de Suidas era un híbrido entre un diccionario y una enciclopedia propiamente dicha. Él en su glosario describió la etimología, derivación y significado de cada una de las palabras de acuerdo a los criterios de autoridades en el tema como Harpocración. Plinio menciona piedras que “se apartaban cuando una mano se aproximaba a ellas” y Apolonio de Rodas se extiende sobre las piedras oscilantes, y dice que son piedras colocadas en la cima de un túmulo, y tan sensibles, que se movían con la mente. Nos podemos preguntar si semejantes prodigios de estática y de equilibrio con moles que pesan centenares de toneladas pueden ser obra de salvajes  paleolíticos u hombres de las cavernas.  Hay diversas tradiciones relacionadas con las piedras oscilantes. Sin embargo, bueno será recordar a Giraldus Cambrensis, que habla de una piedra semejante en la Isla de Mona, la cual volvía a su sitio a pesar de todos los esfuerzos que se hacían para mantenerla en otra parte.
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Giraldus Cambrensis (1146 – 1223), también conocido como Gerald de Barri y archidiácono de Brecon, fue un clérigo e historiador medieval cambro-normando. Nacido en torno a 1146 en el castillo Manorbier, en Pembrokeshire, Gales, por sus venas corría sangre normanda y galesa. Cuando la conquista de Irlanda por Enrique II, el Conde Hugo Cestrensis, deseando convencerse de la realidad del hecho, ató la piedra Mona a una mucho mayor y luego las arrojó al mar. A la mañana siguiente se la encontró en su sitio acostumbrado. El sabio William de Salisbury garantiza el hecho, dando testimonio de su presencia en la pared de una iglesia en donde la vio en 1554. Y esto nos hace recordar lo que dijo Plinio de una piedra que los Argonautas dejaron en Cizico, que los cizicanos colocaron en el Pritaneo: “desde donde  echó a correr varias veces , de modo que se vieron obligados a cargarla de plomo”. Tenemos, pues, aquí, piedras inmensas que toda la antigüedad afirma que “están vivas, que se mueven, que hablan y que caminan por sí solas”. También eran capaces, según parece, de hacer correr a la gente, puesto que eran llamadas dispersadoras, de la palabra “dispersar” o “poner en fuga”. Roger Gougenot des Mousseaux, escritor francés, las presenta como siendo todas piedras proféticas, llamadas algunas veces “piedras locas”. Las Draconcias, consagradas a la Luna y a la Serpiente, fueron las más arcaicas “rocas del destino” de las naciones antiguas; y su movimiento o  balanceo era un sistema perfectamente claro para los sacerdotes iniciados, que eran los únicos que tenían la clave de esta antigua lectura. Las llamadas piedras Draconcias, Lithoi o piedras Monas son un conjunto de piedras oraculares y parlantes que han asombrado a los historiadores y estudiosos de todas las épocas. Olaus Vormio y Olaus Magnus muestran que los reyes de Escandinavia eran elegidos con arreglo a las órdenes del oráculo, cuya voz hablaba por conducto de “estas inmensas rocas, levantadas por las fuerzas colosales de antiguos gigantes”. Olaus Magnus, o Magni, nació en octubre de 1490 en Östergötland y murió el 1 de agosto de 1557 en Roma, Italia. Hijo de Måns Petterson, su nombre verdadero era Olof Månsson (“hijo de Måns“), pero utilizaba el epíteto latino Magnus (“grande“) como apellido familiar. Fue un escritor, cartógrafo y eclesiástico sueco, pionero en trabajos históricos y antropológicos sobre el norte de Europa, hermano del también escritor Juan Magno, o Johannes Magnus (Johan Månsson, en sueco). Su obra fundamental fue la Historia de Gentibus Septentrionalibus, editada en 1555, en Roma, en 22 libros, sobre la geografía, costumbres, tradiciones y leyendas de los pueblos escandinavos y de la Europa nórdica. Al igual que su hermano mayor, Johannes Magnus, obtuvo varios ascensos eclesiásticos. Entre ellos una canonjía en Upsala y Linköping, y el de archidiácono de Strängnäs. Además fue empleado en varios servicios diplomáticos, tal como una misión a Roma, a favor de Gustavo I de Suecia (Vasa), para conseguir el nombramiento de Johannes Magnus como arzobispo de Upsala. Sin embargo, con el éxito de la Reforma en Suecia su fidelidad a la Iglesia Católica lo forzó a acompañar a su hermano en el exilio.

Asentado en Roma, desde 1527, Olaus Magnus actuó como secretario de su hermano Johannes Magnus. A la muerte de Johannes en 1544, llegó a ser su sucesor como Arzobispo de Upsala, admitiendo que no era nada más que un título, puesto que él nunca podría volver a Suecia. El Papa Pablo III en 1546, lo envió al concilio de Trento. Más tarde llegó a ser el canónigo de San Lamberto en Lieja. El rey Segismundo I de Polonia le ofreció una canonjía en Poznań, pero la mayor parte de su vida, después de la muerte de su hermano, parece haberla pasado en el monasterio de Santa Brígida en Roma, donde subsistía con una pensión que le asignó el Papa. Plinio dice: “En la India y en Persia era a ella (la piedra Otizoë persa) a quien los Magos consultaban para la elección de sus soberanos“.  Y luego Plinio continúa describiendo una roca que daba sombra a Harpasa, en Asia, colocada de tal manera que “un solo dedo puede moverla al paso que el peso de todo el cuerpo la hace resistir”. Tal vez las piedras oscilantes de Irlanda o las de Brimham, en Yorkshire, habrían servido para el mismo sistema de adivinación o comunicación oraculares. Las más enormes de ellas serían reliquias de los atlantes, mientras que las más pequeñas, como las Rocas de Brimham, con piedras giratorias en su cúspide, son copias de los lithoi más antiguos. Si los obispos de la Edad Media no hubiesen destruido todos los modelos de las Draconcias a que pudieron echar mano, la Ciencia sabría hoy mucho más acerca de las mismas. Así  y todo, sabemos que fueron usadas universalmente durante largas edades prehistóricas, y todas con el mismo objeto de profecía y de magia. E. Biot, que fue miembro del Instituto de Francia, publicó en las  Antiquités de France un artículo mostrando que el Châttam-parambu, el “Campo de la Muerte”, o antiguo cementerio en Malabar, India, está en idéntica situación que las antiguas tumbas de Carnac; esto es, “una prominencia y una tumba central”. En las tumbas se encuentran huesos, y Halliwell nos dice que algunos de ellos son enormes. Los naturales del país de Malabar llaman a estas tumbas las “moradas de los Râkshasas” o gigantes. Varios círculos de piedra, “considerados como obra de los Panch Pânava (cinco Pândus), como lo son todos estos monumentos en la India, en donde se hallan en tan gran número”, al ser abiertos por orden del Rajah Vasariddi “se encontró que contenían  huesos humanos de grandísimo tamaño”.  La Ciencia no debe seguir clasificando a los Titanes y Gigantes como leyendas primitivas; pues sus obras están ahí, a nuestra vista, y esas masas oscilantes se balancearán sobre su base hasta el fin del mundo.   Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre las verdaderas razones por las que fue construido este conjunto megalítico de Stonehenge. En Stonehenge poseemos un recuerdo de   una posible dispersión atlante, aunque su construcción sea más reciente que la de las Pirámides de Egipto. Si para un arqueólogo serio los enigmas no existen, ¿por qué dedicarse a la Arqueología? Boucher de Perthes era un aficionado y descubrió la Prehistoria. Schlieman era un aficionado y descubrió Troya. Hapgood era un aficionado y formuló la teoría del desplazamiento de los continentes. Hawkins era un aficionado y penetró el secreto de Stonehenge.

En la actualidad, gracias a rigurosos estudios científicos, podemos afirmar que hace unos cinco mil años existió una cultura en tierras británicas que buscó en el Sol y en la Luna las fuentes de inspiración espiritual necesarias para crecer como sociedad. Curiosamente, esta búsqueda de referencias religiosas fue común en todas las poblaciones humanas de la época. Era el momento de levantar grandes construcciones que miraran directamente al cielo en el anhelo de conectar decididamente con los dioses o astros protectores. De esa forma, mientras en el 2800 a. C. se erigía el gran santuario de Stonehenge, en otras partes del planeta se alzaban edificaciones megalíticas que parecían pertenecer a una misma idea. Lo curioso es que, según la ciencia ortodoxa, en ese periodo prácticamente era imposible pensar en una comunicación fluida entre los pueblos moradores del planeta Tierra. ¿Cómo puede ser entonces que se parezcan tanto los círculos de piedra localizados en África, América y Europa? La pregunta es sumamente difícil de resolver. No obstante, algo debió de ocurrir. Pero, mientras tanto, centrémonos en la historia de este maravilloso enclave astronómico de la Antigüedad. Stonehenge fue concebido hacia el año 2800 a. C., y el sitio no fue seguramente elegido al azar, lo que demuestra el inmenso esfuerzo de las gentes que en aquella época tuvieron que trasladar unos enormes bloques de piedra de hasta treinta y cinco toneladas desde las montañas de Marlborough Downs, situadas a unos treinta kilómetros del lugar. El primer Stonehenge quedó configurado con un terraplén y un foso circular. Se colocaron las piedras y los montículos conocidos como «las cuatro estaciones», así como la «piedra talón», en el camino de acceso. Además se hicieron cincuenta y seis orificios llamados círculos de Aubrey, en homenaje a su descubridor. Quedaba clara la intencionalidad de la obra, un lugar sacro donde se adorara a la Luna y al Sol, un sitio que sirviera como receptáculo de los rayos indicadores de los solsticios, un cronómetro exacto que estrechara lazos entre hombres y deidades. Hace unos cinco mil años la civilización pobladora de Gran Bretaña prosperó comercialmente. Muestra de ello son las decenas de túmulos funerarios que rodean Stonehenge. En esas tumbas los arqueólogos han ido encontrando pruebas sobre una floreciente cultura que gustaba de adornarse con ricos ornamentos y exquisitos ajuares, dato que nos sirve para adentrarnos en la segunda fase de Stonehenge. Hacia el 2100 a. C., los pobladores, presumiblemente una tribu o etnia llamada vickers, fueron capaces de transportar desde las místicas montañas galesas de Preseli, sitas a unos 385 km de Stonehenge, ochenta enormes rocas que servirán para dar un nuevo aspecto al santuario. Eran piedras de enorme poder y de tremendo influjo. Si bien a simple vista no parecían otra cosa que vulgares piedras, sin embargo cuando eran bañadas por la luz lunar, su color se transformaba en azulado; de ahí su legendario nombre de bluestones. El transporte de las piedras azules debió de ser complejo, dado que cada una de ellas superaba con creces las dos toneladas. Se presume que fueron llevadas en balsas por la costa galesa para luego remontar el río Avon hasta una zona donde, gracias a la colaboración de fuertes rodillos, eran empujadas hasta su destino final en Stonehenge. Una vez allí, conformaron un círculo y un semicírculo en herradura que protegieron el enclave original.
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Hacia el 1500 a. C. se acometió la tercera y definitiva fase de remodelación, desplazando hacia el interior las piedras azules y alzándose la hoy llamada «piedra de altar». Esta piedra fue también transportada desde el sur de Gales. Así pues, Stonehenge no fue flor de un día, sino una empresa que se prolongó a lo largo de varios siglos, con diversas fases y revisiones, pero siempre con un mismo propósito: el de rendir culto religioso a las manifestaciones del firmamento. Los cálculos, las medidas y la exactitud con las que se colocaron aquellas piedras siguen asombrando a los más rigurosos, que, aún hoy, se siguen preguntando cómo fue posible gestar una maravilla de precisión como ésa en aquellos brumosos momentos de la historia. Misteriosamente, en el año 1100 a. C., Stonehenge parece haber sido abandonado a su suerte. Sólo los druidas celtas, auténticos herederos de aquellos arcanos conocimientos, mantuvieron los viejos oficios en el afán de permanecer en contacto con las entidades benefactoras. Ellos son sus últimos custodios hasta que alguien consiga descifrar este gran enigma. En el siglo V de nuestra Era, Aurelius, heredero del trono bretón, quiso levantar un monumento a la memoria de sus hombres, muertos por los sajones. Llamó a Merlín el Encantador, astrólogo y mago. Merlín le dijo: “Si deseas realmente honrar la sepultura de esos hombres con una obra que desafíe a los siglos, manda a buscar el Baile de los Gigantes, a Killaraus, montaña de Irlanda. Allí se levanta un monumento de piedras como nadie podría edificar en nuestros días, a menos que fuese infinitamente poderoso. Pues esas piedras son enormes, aunque jamás se vieron otras que tuviesen tantas virtudes y ocultasen tantos misterios”. Aurelius envió un ejército. Pero los soldados no pudieron mover los bloques y robar el Baile de los Gigantes. Entonces, Merlín pronunció unas fórmulas mágicas, y las piedras se tornaron ligeras y fueron fácilmente transportadas hasta la costa, embarcadas y llevadas a Stonehenge, en la meseta de Salisbury, «donde permanecerán por toda la eternidad». Así se menciona por primera vez, en la fantástica y maravillosa Historia de los Reyes de Bretaña, de Geoffroi de Monmouth, que data de 1140, este conjunto de piedras areniscas y calcáreas que constituye, entre Gales y Cornualles, el más asombroso de todos los monumentos megalíticos. Durante cinco siglos, se aceptó la leyenda de Geoffroi de Monmouth. En 1620, el rey Jacobo envió al arquitecto Iñigo Jones para que estudiase Stonehenge, y éste llegó a la conclusión de que se trataba de un templo romano. Samuel Pepys declara, en su Diario, que tales piedras «valían el viaje. ¡Sabe Dios para qué podían servir!». El primer investigador de Stonehenge fue John Aubrey, anticuario y renombrado ladrón de vestigios prehistóricos, a quien debemos muchos chismes sobre la vida de Shakespeare. Él fue quien hizo los primeros descubrimientos topológicos y observó las alineaciones de agujeros y los círculos concéntricos de piedras levantadas. Según Aubrey, Stonehenge tiene un origen druídico. A la misma conclusión llegó, un siglo más tarde, el doctor Stukeley, amigo de juventud de Isaac Newton.

Las excavaciones sistemáticas empezaron en 1801. Cunnington excavó al pie de la Piedra del Sacrificio, pero no encontró nada, y dejó allí una botella de oporto, dedicada a los arqueólogos futuros. Exactamente cien años más tarde, el profesor Gowland descubrió, bajo la capa romana, ochenta hachas y martillos de piedra, que daban fe del origen, varias veces milenario, del Baile de los Gigantes. En 1950, el carbono 14 permitió establecer la fecha de los agujeros de Aubrey: 1848 a. C. El plano completo, reconstituido por los arqueólogos, revela, a través de las ruinas y del desorden producido por los siglos, una estructura rigurosa. Una circunferencia de 115 metros de diámetro, delimitada por un foso flanqueado por dos taludes, uno interior y otro exterior, y sin más que un pasillo para la entrada. Casi inmediatamente, y concéntrico a aquélla, un círculo de 56 agujeros, llamados «agujeros de Aubrey». Incrustado en este círculo, y perpendicular a la entrada, un rectángulo delimitado en los cuatro ángulos por piedras de las que sólo subsisten dos. Un círculo de 31 metros de diámetro, compuesto de treinta piedras de 25 toneladas cada una, unidas las unas a las otras por dinteles y formando, en consecuencia, una serie continua de dólmenes. Un círculo de 59 piedras. Una herradura orientada hacia la entrada y compuesta de diez bloques, cada uno de los cuales pesa unas cincuenta toneladas, y que están unidos de dos en dos por dinteles horizontales, formando, pues, cinco dólmenes. Una herradura de diecinueve piedras. Tres monolitos o menhires, uno en el centro, otro en la entrada y el tercero en el exterior del foso y colocado en medio del pasillo de acceso. Por último, prácticamente invisibles sobre el terreno y en parte conjeturales, entre los agujeros de Aubrey y las treinta piedras de 25 toneladas, dos círculos compuestos, el uno, de 30 agujeros, y el otro, de 29. Gerald S. Hawkins, profesor de Astronomía de la Universidad de Boston, es de origen inglés. Volvió al país, destinado a una base experimental de misiles, en el sudoeste inglés, en Larkill. Esto se encuentra muy cerca de Stonehenge. Lo visitó, como hacen miles de turistas todos los años. Le explicaron que, si uno se coloca en el centro del monumento, en la mañana del solsticio de verano, ve levantarse el Sol sobre una de las piedras colocadas en lugar separado, la Heel Stone. Lo comprobó con sus propios ojos. Después, empezó a formularse preguntas. Y el astrónomo se convirtió en arqueólogo. Más tarde, Fred Hoyle verificaría los cálculos de Hawkins, quien, en una obra publicada en Nueva York en 1965, confirmó su primera intuición: aquellas hileras de piedras constituían un observatorio astronómico complejo.

Un primer examen le convenció de que había al menos un centenar de alineaciones posibles. Hawkins buscó la ayuda de un ordenador, cariñosamente bautizado con el nombre de «Oscar», al cual proporcionó, de una parte, las alineaciones posibles de Stonnehenge, y, de otra, las posiciones clave de los principales cuerpos celestes: Sol, Luna, planetas y estrellas. «Oscar» empezó a señalar lo que veía en el cielo, en tal mes, en tal día, a tal hora, entre tal y cual megalitos. El resultado fue sorprendente. Si bien los planetas y las estrellas aparecían completamente desdeñados, Stonehhenge permitía, en cambio, registrar todas las posiciones significativas de la Luna y del Sol, y seguir sus variaciones estacionales. Los gráficos y cuadros establecidos por Hawkins no dejaban lugar a dudas. «Oscar» acababa de explicar para qué servían los megalitos. Todo el conjunto está rodeado por un foso circular que mide 104 m de diámetro. Dentro de este espacio se alza un bancal en el que aparecen 56 fosas conocidas como los «agujeros de Aubrey». El bancal y el foso están cortados por «la Avenida», un camino procesional de 23 metros de ancho y 3 kilómetros de longitud, aproximadamente. Cerca se halla la «Piedra del Sacrificio». Enfrente se encuentra la «Piedra Talón». Al parecer, los hombres de Stonehenge sólo habían dedicado su atención al Sol y a la Luna. Las salidas, las puestas y las culminaciones de cada uno de estos astros son, ciertamente, dignas de interés. Pero aún lo son más los espectaculares fenómenos en que el Sol y la Luna se encuentran: los eclipses. La Astronomía moderna se dedica menos a la observación de los ritmos que a la fisiología de los mecanismos. Pero Hawkins se acordó del «año metódico». El astrónomo griego Metón observó que, cada diecinueve años, la Luna llena caía en las mismas fechas del calendario solar, y que los eclipses obedecían al mismo ciclo. En realidad, no son exactamente diecinueve años, sino 18,61 años, por lo que hay que suplir esta diferencia al establecer un calendario regular, como hacemos nosotros con el día complementario de los años bisiestos. Al redondear la cifra a 18 ó 19, el error se pone rápidamente de manifiesto. Pero, formando un ciclo más grande, a base de este pequeño ciclo metódico rectificado, ora a 18, ora a 19, se consigue una exactitud valedera durante siglos. La aproximación más satisfactoria, según nos muestra rápidamente el cálculo, es un gran ciclo de 19 + 19 -1- 18, que sumado da 56. El mismo número de los agujeros de Aubrey. Hawkins, no contento con haber descubierto este hecho, imaginó que el círculo de Aubrey, asociado a los megalitos, permitiría, quizá, la previsión de los eclipses. Se calcularon las fechas de los eclipses que tuvieron lugar en la época de la construcción de Stonehenge. «Oscar» fue puesto de nuevo a trabajar. Y, una vez más, la conclusión fue positiva: un sistema de piedras desplazadas a lo largo del círculo de Aubrey permitiría prever los años de eclipses. ¿Y los días? El mes lunar es de 29,53 días. Dos meses lunares forman, pues, una cifra redonda de 59 días, que coincide con la suma de los 30 y los 29 agujeros. También coincide con otro círculo, que no hemos mencionado hasta ahora porque es casi enteramente conjetural, y que se compondría de 59 piedras azules. Hawkins, especulando con los 56 agujeros de Aubrey, los 30 y los 29 agujeros, y la Heel Stone, ya que todas las observaciones deben hacerse a base de este menhir, consiguió, no solamente encontrar las fechas exactas de los eclipses producidos en la época de la construcción, sino también calcular, por ejemplo, la fecha de nuestra fiesta movible de Pascua, supervivencia cristiana, según sabemos, de una antigua tradición pagana. Stonehenge es, pues, un observatorio y un calendario.
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Hasta ahora nadie ha rebatido la tesis de Hawkins. Por otra parte, el cálculo de probabilidades indica que sólo hay una probabilidad entre diez millones de que aquellas significativas alineaciones sean pura coincidencia. A pesar de todo, el enigma de Stonehenge no está resuelto; sino que los problemas materiales y culturales que plantea la construcción de este monumento, de una parte, y las características heterodoxas del fenómeno megalítico del que forma parte Stonehenge, de otra, resultan sumamente embarazosos para los prehistoriadores. Las rocas que componen el monumento no fueron extraídas del subsuelo inmediato. Las piedras azules, que pesan, por término medio, cinco toneladas cada una, provienen de una mina situada a unos cuatrocientos kilómetros. El transporte debió hacerse por mar y por tierra, y cruzando algunos ríos. Pero, ¿cómo? Otros bloques pesan de 25 a 50 toneladas. Las canteras de las que fueron extraídos están más próximas a Stonehenge. Pero hubo que arrancarlas del subsuelo, transportarlas y tallarlas. Todas las piedras aparecen trabajadas por la mano del hombre, sobre todo las que muestran cierta curvatura para corregir la ilusión óptica, ya que si fueren completamente rectilíneas, se verían cóncavas. Después, hubo que levantarlas, y, por último, colocar las piedras transversales de los dólmenes. Todo ello con gran precisión, si admitimos la finalidad astronómica demostrada por Hawkins. Una operación que ni siquiera hoy sería fácil. Y esto sin contar los cálculos teóricos fundados en leyes matemáticas, físicas y mecánicas. Hoy se da por cierto que Stonehenge fue construido en varias etapas, durante un período comprendido entre los años 2000 y 1700 antes de Cristo, aunque la primera implantación pudo ser aún más remota. Ahora bien, la Prehistoria pretende conocer perfectamente a los hombres que poblaban en aquellos tiempos las islas anglosajonas. Son los de la Edad de Piedra, que pronto conocerán el cobre y el bronce, y que empiezan a practicar la ganadería y la agricultura. Culturalmente, aparecen claramente subdesarrollados en relación con las grandes civilizaciones mediterráneas de la misma época. Se intentó rehacer la construcción de Stonehenge con los únicos métodos primitivos que admite la ortodoxia, y se llegó a conclusiones difíciles de aceptar. Se habrían necesitado millones de jornadas de trabajo, es decir, generaciones enteras dedicadas a la edificación del monumento. Ahora bien, Stonehenge no es único, sino que forma parte de un vasto conjunto. En un radio de una veintena de kilómetros, encontramos otros crómlechs, algunos de ellos gigantescos, como el de Avebury, que es el crómlech más grande conocido, con 365 metros de diámetro.

También se han hallado círculos de agujeros con vestigios de madera, un monumento concéntrico, llamado «Santuario», túmulos funerarios enormes, un rectángulo delimitado por un foso de 2.800 metros de longitud por 90 de anchura, un promontorio artificial de 500.000 metros cúbicos, un círculo gigantesco de 450 metros de diámetro, una excavación en forma de embudo, con una profundidad de 100 metros, y con avenidas anchas como autopistas. Existen megalitos en todo el mundo. Ninguno de los cinco continentes carece de ellos. Se ha querido ver en todos ellos una intención funeraria. Y, ciertamente, hay numerosas sepulturas. Cierto, también, que, incluso en Stonehenge, se han encontrado cenizas y osamentas entre los crómlechs o las otras alineaciones como los cementerios junto a las iglesias. Los megalitos aparecen extrañamente repartidos: en grupos separados, desligados unos de otros, nunca lejos de las costas y dotados de características semejantes. El fenómeno parece haberse producido únicamente durante la primera mitad del segundo milenio antes de nuestra Era, y haber cesado bruscamente, sin dejar más huellas que leyendas que aún perduran en nuestros días. Hawkins hizo otra observación. Stonehenge se encuentra en la estrecha porción del hemisferio Norte donde los acimuts del Sol y de la Luna, en su declinación máxima, forman un ángulo de 90 grados. El lugar simétrico, en el hemisferio Sur, serían las islas Malvinas y el estrecho de Magallanes. Ello indicaría que los constructores de Stonehenge sabían calcular la longitud y la latitud. Parece como si los portadores de una idea y de una técnica, habiendo partido de un centro desconocido, hubiesen recorrido el mundo. El mar habría sido su ruta principal. Estos viajeros habrían establecido contacto con ciertas poblaciones, y no con otras. Esto explicaría las zonas de menor densidad en el reparto de megalitos, así como el aislamiento de ciertos núcleos megalíticos. Esto explicaría también cómo y por qué se superponen los monumentos megalíticos a la civilización neolítica. Y daría, asimismo, explicación a todas las leyendas que atribuyen dicha construcción a seres sobrenaturales. Sabríamos, al fin, por qué unos hombres capaces de colocar verticalmente bloques de 300 toneladas, y de levantar piedras planas de 100 toneladas, no nos dejaron aparentemente otras muestras de su prodigiosa habilidad. Las sagas irlandesas hablan de gigantes del mar, agricultores y constructores. La literatura griega alude a los «hiperbóreos» y a sus templos circulares, donde Apolo, dios del Sol, se aparece cada diecinueve años. En realidad, todo lo que sabemos acerca de los megalitos y, sobre todo, del conjunto de Stonehenge, que es el más completo y más estudiado, deja entrever el paso de una civilización ajena al curso normal de la Prehistoria. Un mundo de conocimientos superiores señala su paso, durante algunos siglos, y, después, desaparece bruscamente.

Stonehenge, como otros monumentos megalíticos, fue una construcción compleja, expresión e instrumento de conocimientos matemáticos y cosmogónicos, testimonio de una cultura. Siendo así, ¿cuál fue el lenguaje de esta cultura? ¿Cabe presumir que careciese de escritura si nos dejó un vestigio tan evidente arquitectónico? Sin necesidad de plantear la cuestión en un plano general, la simple consideración de las necesidades técnicas nos obliga a aceptar la idea de que hubo una escritura. Pues, a fin de cuentas, es difícil pensar que se hubiesen podido efectuar cálculos tan importantes y dirigir operaciones de transporte a través de varios centenares de kilómetros, sin algún tipo de escritura. Pero es sorprendente que no se haya encontrado ningún vestigio. Tal vez las huellas se borraron en el curso de los siglos, ante la absoluta indiferencia de los habitantes de aquellas regiones. Richard John Copland Atkinson, arqueólogo británico, suponía que los constructores vinieron de Creta. Tal vez para su escritura utilizaron materiales perecederos. Pero la escritura sobre tablillas de arcilla era a la sazón desconocida, y los maestros de obras disponían de piedras y de madera en abundancia. Tal vez los constructores pertenecían a alguna casta sacerdotal, iniciados y técnicos a un mismo tiempo, que realizaban mudas operaciones mentales, que se transmitían por algún medio telepático. Pero aunque las palabras y la escritura de los maestros constructores permaneciesen ocultas, la ejecución de los trabajos debió de requerir algún tipo de escritura visible que se ha desvanecido. Si ésta existió, fue tal vez empleada por los arquitectos como un producto inferior del conocimiento secreto, que carecía de vehículo visible de comunicación. Bernard Shaw, escritor irlandés, y ganador del Premio Nobel de literatura en 1925, en una de sus obras, pone en escena al emperador romano César. La Biblioteca de Alejandría está ardiendo. Un personaje dice que la memoria de la Humanidad va a desaparecer. «Déjala arder -responde César-. Es una memoria llena de infamia». César no expresa, con estas palabras, desprecio del conocimiento, sino más bien una idea, de los Antiguos, según la cual, el lenguaje escrito no era más que un sucedáneo del verdadero saber registrado en las regiones superiores de la mente, depositado en la silenciosa memoria de los iniciados. Platón, en Timeo, declara: «Ardua tarea es descubrir al autor y padre de este universo, y, una vez descubierto, es imposible darlo a conocer a todos los hombres». En Fedro refiere una fábula egipcia contra la escritura, cuyo empleo desacostumbra a los hombres a ejercitar su memoria y les obliga a depender de los signos. Los libros, dice, «se asemejan a los retratos, que perecen vivos pero son incapaces de responder una palabra a las preguntas que se les formulan». Clemente de Alejandría afirma: «Escribir todo un libro es poner una espada en manos de un niño». Esta idea fundamental de la remota antigüedad volvemos a encontrarla, como observa Jorge Luis Borges, en el texto evangélico: «No deis las cosas santas a perros ni arrojéis vuestras perlas a puercos, no sea que las pisoteen y revolviéndose os destrocen». Esta máxima es de Jesús, un maestro de la enseñanza oral.

El profesor Glyn Daniel, en un artículo publicado en el Observer de setiembre de 1964, observó que el traslado de las enormes piedras de la región de Pembrokshire a la llanura de Salisbury debió plantear problemas de logística, y que toda la operación debió efectuarse de acuerdo con planos, instrucciones escritas, órdenes y proyectos. Formuló la hipótesis de mapas y planos dibujados sobre pieles o tablillas de madera. Es asombroso que, salvo Glyn Daniel, ningún prehistoriador parece haberse planteado esta cuestión.  Tal vez un día encontraremos algún vestigio de la escritura perdida y nos remontaremos, gracias a ella, al gran lenguaje de los orígenes. Stonehenge es un enigma que ha dejado tan perplejos a los científicos como las mismas Pirámides. La mayor parte de los arqueólogos han afirmado que fue erigido  por  los druidas de la antigua Bretaña, que estaban ya desapareciendo como casta   sacerdotal en tiempo de la invasión romana, aunque celebraban todavía los ritos secretos y sanguinarios a que se han referido algunos historiadores romanos. Pero la Atlántida es la única clave racional para la comprensión de Stonehenge, así como la única solución satisfactoria del antiguo Egipto. Si nos referimos a las Pirámides,  observamos que las grandes piedras que las forman fueron manejadas de igual modo que los materiales de Stonehenge. Seguramente quienes  dirigían su construcción facilitaron el proceso por medio de la levitación de las piedras empleadas. En el templo de Baalbec, en Siria, se han empleado piedras para los muros, en que cada una de las cuales se calcula que pesa unas 1.500 toneladas. Stonehenge y Baalbec se levantan ante nosotros como imperecederas pruebas de que en la época de su construcción, el mundo tenía a su disposición una ingeniería basada en la aplicación de un conocimiento superior al que ha adquirido la moderna ingeniería. Los atlantes emigraron a Egipto, pero también vinieron al Occidente de Europa, construyendo, entre otros monumentos, el de Stonehenge. Esto ocurrió en un periodo muy posterior a la misma construcción de las Pirámides.  Las piedras que ahora se elevan en Salisbury Plain habrían sido colocadas, en donde están, hacia el final de la sumersión del continente atlante. El recinto exterior y las piedras de los grandes trilitos son de una composición que parece indicar fueron extraídas de   las canteras de las inmediaciones. Pero el recinto interno y el altar de piedra son de una formación totalmente diferente, y las piedras no pueden identificarse con ninguno de los estratos de rocas de esa parte de Inglaterra. Esta piedra sólo se encuentra en Cornualles, en Gales y en Irlanda, pero no más cerca. De modo que los materiales del circulo interno fueron traídos supuestamente de alguna de esas regiones.

Los constructores de Stonehenge tendrían que haber trasladado los  materiales a través de muchos cientos de millas de terreno, cubierto entonces de selvas vírgenes, o a través del mar. El culto de los primitivos druidas, que se fijaron en Stonehenge, era grandioso y sencillo. Había procesiones, cánticos y ceremonias simbólicas relativas a acontecimientos astronómicos, especialmente a la salida   del Sol en la mitad   del   verano,   cuando   grandes multitudes  se  reunían  para  contemplar  cómo  los rayos  del  Sol  en  el  momento  de su salida pasaban a través de una abertura opuesta al altar e iluminaban la piedra sagrada. En aquellos  días no  se  ofrecían  sacrificios impíos,  y la única ceremonia externa de naturaleza sacrificial que tenía lugar, debía hacerse con una libación de leche que se vertía sobre la piedra. De acuerdo con el simbolismo de los primitivos ritos ocultos,  se concedía  una gran importancia  a  la  serpiente  como emblema  de múltiple significado, y como los druidas adeptos podían fácilmente dominar a estas criaturas, se llevaba una  serpiente viva  para que se  deslizara hasta  la  piedra del altar, en la ceremonia de la salida del Sol, y bebiera la leche. Hay algo de verdad en las nociones corrientes respecto de lo que se ha llamado “Culto de la Serpiente”, de la antigüedad. El principal druida de las  ceremonias de  Stonehenge acostumbraba a marchar en algunas de las procesiones con una serpiente viva   alrededor de su cuello. Más tarde, cuando la influencia de los druidas desapareció, varios milenios después, los jefes de la decadencia druida la usaban por tradición. Pero por razones de prudencia llevaban una serpiente muerta, emblema más adecuado de la fe que representaban. Sus prácticas degeneraron más y más, hasta que un día la piedra del altar fue inundada no ya con leche, sino con sangre de víctimas humanas, siendo esta   la única   clase   de   religión   druídica   que   registraron   en   sus   escritos   los   historiadores romanos. ¿Cómo pudo ocurrir un cambio tan macabro? Probablemente llegó un momento en que los   primeros adeptos druidas vieron que no podían conducir al pueblo por la senda del verdadero progreso espiritual. En Egipto tuvieron éxito, pero en las islas británicas, no. Y así, mientras Egipto permaneció como centro de alta civilización hasta un periodo relativamente reciente, los habitantes de las islas británicas volvieron a la barbarie. Hasta algunos milenios antes de la conquista por Roma, permanecieron aun débilmente impregnados de las remotas tradiciones de su decadente civilización, y luego se hundieron en la condición más baja de degradación, anterior al comienzo de su moderno ciclo de progreso en el nuevo periodo histórico.

Fuentes:

  • Juan Antonio Cebrián – Enigma – De las Pirámides de Egipto al asesinato de Kennedy
  • Adolf Schulten – Tartessos
  • Juan Eslava Galan -Tartessos y otros enigmas de la historia
  • Louis Pauwels & Jacques Bergier – La Rebelión de los Brujos
  • Alfred  Percy Sinnet – Las Pirámides y Stonehenge
  • H.P. Blavatsky – La Doctrina Secreta
  • Fuente
  • https://oldcivilizations.wordpress.com

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